Crítica

¿Qué posibilidades de defenderse tiene una persona víctima de un rumor calumnioso?

Este enfoque se sustenta en una experiencia absolutamente real. Constituye por tanto el producto directo de haber conocido un ámbito -que considero innecesario identificar-, donde la persecución en base a rumores era “el pan de cada día”. En aquél escenario, fui testigo presencial de una enorme cantidad de iniquidades, las cuales se gestaban a partir de la difusión –ex professo- de todo tipo de insidias. Más exactamente: surgían infundios que afectaban a personas intencionalmente escogidas y cuyo origen siempre se escondía en la siniestra “pieza oscura” del anonimato.

A todas luces, es muy complejo para cualquier persona sobrevivir” a la hostilidad que suscita un ambiente rumoroso. Y, sobre todo, cuando esta especie se ha instituido como un arma destinada a “reventar” su equilibrio psicológico. Pero, aún así, aquello no significa que tan canallesco proceder sea imposible de neutralizar. Mas, resulta francamente inverosimil no admitir la idea de que un rumor pone a prueba -insisto nuevamente- la consistencia moral y psíquica de quien lo padece. Ésto, porque la viabilidad de iniciar una acción legal que le ponga coto, se transforma en una genuina quimera para el afectado.

Y es que el rumor, en suma, no tiene gestores visibles y menos voluntades responsables. Se trata, en efecto, de un engendro que trasunta la más ubérrima cobardía, cualquiera sea el “hábitat” donde este se dé. 

Difícil es, por cierto, que alguien alguna vez no haya experimentado los embates de un rumor. Puesto que aquel forma parte de la existencia humana en todo tiempo y latitud.

En mi opinion, existirían sólo dos caminos para resistir a esta repelente cochambre tan enraizada en la naturaleza del sapiens. El primero -y por supuesto el modo de afrontamiento más purista- es que el afectado haga suyo y practique íntegramente el latinismo: Veritas visu et mora, falsa festinatione et incertis valescunt” (“La verdad se impone con la luz y el tiempo, las falsedades con el apresuramiento y la incertidumbre”). (Tac., An. 2, 39, 5). Pensamiento que, en estricto rigor, compendia una invitación a ejercer un nivel de paciencia que raya en el estoicismo.

El segundo -que está sujeto a evidentes reparos éticos- reside en que la víctima del rumor adopte un estilo semejante al de quienes desean destruirle”. Estilo que de algún modo se expresa en el latinismo: “Scelere velandum est scelus” (“Un crimen hay que cubrirlo con otro crimen”). (Sen., Phaedr.721). O sea, retribuir a los detractores con la misma “medicina” que ellos aplican. Algo que insinúa cierta semejanza con la fórmula hebraica del Levítico: “Ojo por ojo, diente por diente…”

Entrego al criterio del lector los alcances de estas dos posibilidades definitivamente excluyentes. Mas, no puedo dejar de pedir disculpas por el lenguaje vehemente que utilizo para caracterizar la psicología de los difusores de rumores, como, asimismo, en torno a las distintas modalidades de persecución que he vivido tan de cerca.

Sugiero la lectura de este ensayo, el cual se encuentra inserto en el libro “Desde una Ribera del Estrecho”, año 2006.

Les presento a continuación un vídeo -divulgado por el canal 28 de la TV Magallánica-, en donde sintetizo mi postura frente al tortuoso fenómeno que constituye el rumor.

Este vídeo responde al mismo espíritu del ensayo ofrecido aquí para su lectura completa.


El rumor calumnioso

El diccionario de la Lengua Española (RAE), registra y define la palabra rumor como “voz que corre entre el público. Ruido confuso de voces. Ruidvago, sordo y continuado”. Tal enunciación erudita, pone de manifiesto cómo esta palabra -examinada en términos más pragmáticos-, trasciende con largueza el sentido anteriormente transcrito; y, por supuesto, deja muy atrás cualquier tipo de cota semántica.

No obstante, llama la atención que el fenómeno del rumor -siendo notoriamente relevante desde una perspectiva psicosociológica-, no se sitúe dentro de los temas capitales a inquirir por parte de los estudiosos de la conducta humana. Esto, antes que nada, porque existe conciencia que su influjo puede perfectamente transmitirse desde una generación a otra, como, asimismo, ser causa de vastas secuelas inicuas.

Difícil resulta hallar personas que alguna vez no hayan vivenciado los perniciosos efectos que trae consigo la difusión de rumores, ya que éstos emergen en los barrios, en las empresas, en las industrias, en las universidades, en la guerra, en la paz; y, por supuesto, en “el mediático mundillo de la farándula”. Afloran -desde luego- en toda latitud, tiempo y lugar donde subsista alguna forma de convivencia humana. Y quizás debido a su propio pathos, le otorgan una relevancia particular a quienes -en la eventualidad- oficien de “portavoces” de los mismos.

En verdad, los rumores no proceden únicamente de una mentira, de una memoria constreñida o de una fantasía, sino que de suyo trasuntan un cuestionamiento ineluctable de lo veraz y objetivo. Por eso, desde este prisma, más bien se asemejan a una suerte de “historia” que circula de persona en persona -sin indicio probatorio alguno que la acredite-, pero que de modo implícito tiende a atribuírsele los caracteres inequívocos de una trama digna de fe. En suma: los rumores suscitan repercusiones que podemos calificar de misteriosas. Ya que aquellos no sólo corren, vuelan o se esparcen con rapidez inusitada, sino que penetran, también, hasta en los más recónditos intersticios del tejido de relaciones inherentes a una comunidad.

Así entonces, el impacto a que da lugar un gran rumor, nos recuerda un poco al que provoca la hipnosis; en tanto seduce, y, a la vez, desequilibra.

Sin embargo, para que un rumor llegue al clímax de la devastación, requiere de un cierto “peeling”, que, al menos aparentemente, le adscriba mayor verosimilitud. Pero además -y por mérito asignable al contenido que comunica-, tiene que generar, per se, un natural interés en el grueso público.

Estimo oportuno hacer presente, asimismo, que el nivel de admisibilidad que obtenga un rumor, se condice directamente con la actitud que asuman sus voceros” más comprometidos. Pues la historia” a introducir en la conciencia de la gente -amén de no apoyarse del todo en falsedades-, exige una mise en scène no exenta de algún histrionismo por parte de esos mismos voceros” Ya que estos deben darse a la tarea de propalar, sutilmente, ciertos detalles que coadyuven a hacerla más creíble.

A estas alturas, sería muy injusto que desconociéramos los esfuerzos realizados en pos de concebir una suerte de ley básica acerca del rumor. De ahí que, atendiendo a dichos esfuerzos, creo prudente abrirnos a la idea de que en su circulación y motivaciones concurren siempre dos factores especialmente significativos. Y… ¿cuáles serían aquellos factores?

Veamos…

De la circulación de los rumores

Tras el objetivo de establecer un cierto diseño teórico que asegure un afrontamiento serio del fenómeno de rumor, Allport y Postman postulan -como se ha sugerido-, que su circulación dependería del concurso de dos factores. El primero hace referencia a la importancia eventual que éste posea para la comunidad donde surge. Mientras que el segundo, a su vez, plantea que aquel debe llevar necesariamente consigo una buena cuota de ambigüedad estructural.

Reiterando dichos factores de manera aún más explícita, un rumor tomaría cuerpo, por un lado, debido a lo importante que fuere para quienes den oídos a él; y, por el otro, a consecuencia del formato ambiguo que su formulación comunicacional denote. Esto último, sin duda alguna, incrementa el número de derivaciones conjeturales por parte de la audiencia.

En términos cuantitativos, podemos sintetizar esta ley básica del rumor mediante la siguiente fórmula: R= I x A (El rumor es igual a la Importancia multiplicada por la Ambigüedad).

Tengamos en cuenta, por consiguiente, el carácter no aditivo que se expresa en la relación entre importancia ambigüedad (que, como se aprecia, es multiplicativa). De ahí que si falta absolutamente uno de estos términos, no será factible levantar un rumorUn simple ejercicio arittico, nos enseña que cualquier cifra que se multiplique por cero da por producto cero.

A mayor abundamiento: hay eventos en donde el contenido de un potencial rumor puede carecer de importanciapero -si paralelamente dicho contenido trasluce una gran ambigüedad-, en tal caso, el carácter ambiguo de éste no resulta suficiente para facilitar su desarrollo.

Y de ocurrir lo contrario -o sea, que surja un contenido sumamente importante, pero a la vez libre de una configuración estructural ambigua-, lo que en ese entorno debiera suceder, es que aquel contenido aborte su posibilidad de potenciarse como rumor. Y, de esa manera, comience progresivamente a diluirse en la madeja social. Esto, porque no cuenta con la indispensable complementación que lo ambiguo le proporciona para su despliegue.

Sin embargo, prácticamente nadie cavila respecto a que el “hábitat” mejor dispuesto para la fructificación de rumores, lo constituye el horroroso “espectáculo” que con tanta propiedad testimonia la guerra. En ese drama -ubérrimo en incertidumbre-, no hay tema que no fuere importante; en la inteligencia, claro está, de que ahí, además, se ambienta “una escenografía” que no sólo estimula lo ambiguo (debido al secreto militar), sino que también un constante barullo -y/o desorganización-, cuyo origen radica en las acciones sorpresivas del enemigo.

De igual modo, considero poco honesto hacer la “vista gorda” ante cierta incongruencia que aparece con alguna asiduidad. En ocasiones, podemos ser partícipes directos de un entorno en el cual coexistan los dos factores signados por Allport y Postman como infalibles en la génesis de un rumor (ambigüedad importancia). Empero, aún así, suele acontecer que ese proyecto de rumor”, simplemente no logra desarrollarse. Es -pareciera- la excepción que siempre irrumpe cuando nos topamos con una supuesta regla. ¿Y qué razones hipotéticas harían explicable tal contrasentido?

Veamos…

Existen algunos datos que ayudan a entender por qué, a veces, algunos rumores no prenden. Esto, pese a darse todo lo necesario para que su incubación resulte venturosa. Puede, a modo de hipótesis, que aquello acontezca: 1) Cuando en una determinada realidad social se han instituido medidas de férrea intolerancia hacia quienes se muestren obsecuentes ante este tipo de especie. Dicha actitud la observamos claramente en los regímenes políticos totalitarios. 2) Cuando estamos de cara a una población heterogénea, ya que en dicho contexto un rumor se paraliza. Y 3) Cuando los individuos advierten que están haciendo circular rumores. Al respecto, Allport y Postman comprobaron -¡y he aquí un asunto muy importante!- que el estudio científico del rumor y su difusión ayuda a formar personas alertas -o sensibilizadas- contra tal práctica. Entenderían éstas, en síntesis, lo negativo que resulta hacerse eco de ellos, transformándose, como efecto ulterior de su experiencia, en activos agentes en su contra. Algo digno de tener en cuenta.

De los aspectos motivacionales presentes en la circulación de los rumores

Corresponde aquí dejar en claro que los requerimientos humanos -o necesidades- ayudan a incrementar la importancia de determinadas “historias”, y, al final de cuentas, facilitan las cosas para que éstas se activen como rumores.

La esperanza, por una parte, es la expectativa psicológica más propicia para dar curso a los rumores optimistas. Mientras que el odio, por otra, constituye el sustrato que con mayor propiedad favorece la generación de rumores calumniosos. A su vez, un interés sexual proclive a la morbosidad, conforma comúnmente el meollo mismo de donde nacen todas las chismografías. Algo muy semejante a lo que sucede con el miedo; que es, por último, el estado anímico que da mayor fuerza a la proliferación de historias macabras.

Allport y Postman postulan la necesidad de distinguir dos tipos de motivaciones: unas primarias y otras secundariasen el entendido de que aquel factor estaría presente en la génesis de todo rumor. En las primarias, el leit motiv que le otorga fuerza, se encuentra matrimonialmente unido a la temática específica de éste. Mientras que, en las secundarias, dicho leit motiv no posee vínculo alguno con su contenido temático. Entonces, el hecho de que ese rumor circule, más bien se explica a partir de otros factores motivacionales.

 El rumor calumnioso: ¿una forma relativamente encubierta de persecución en el trabajo?

Este malsano proceder -que quisiera interpretar como la consumación más inhumana de una competitividad, incivilizada y francamente repugnante-, requiere de un análisis exento de dramatismo. Sin que eso signifique, en modo alguno, esbozar un subrepticio guiño de tolerancia hacia los alcances perversos que posee.

Cualquier forma de persecución -¡y digámoslo sin rodeos!- resulta tan inaceptable como merecedora de la mayor censura. Por eso, me preocupa que el hostigamiento en el trabajo -a través del expediente del rumor calumnioso-, pareciera hoy consolidarse como una conducta funcional a los tiempos que vivimos. Y pese a su categórico carácter agraviante, cuesta aprehender el grandor de la injusticia que lleva consigo. Esto, sobre todo, porque trasunta -de manera usualmente inadvertida-, la institucionalización de una práctica abusivamente insensata, que, para colmo de males, poco a poco ha venido integrándosele -sin esparajismo alguno-, al proceso de adaptación a la vida. ¿Cuánta barbarie o espíritu troglodítico denota tan brutal conducta…?

No podemos negar, asimismo, la posibilidad de que el fenómeno del rumor encuentre territorios particularmente fértiles para su incubación. Puesto que cada grupo humano deja entrever sus propias características distintivas. Características que determinan, a su vez, un tipo especial de afrontamiento del entorno por parte de sus integrantes. Éstos -de manera universal, diría-, tienden muchas veces a adoptar una actitud escapista ante él. Y más aún: cuando se ven impelidos a asumir aquellos avatares del medio ambiente que perturban su paz interior. Se trata, por cierto, de “un modo casi natural de arreglárselas”, para, en una argucia no siempre libre de mala fe, hacer soportable las iniquidades de que fueren testigos en el transcurrir cotidiano. ¡Es lo que hay…!, suele decirse sin aprehensión alguna.

En un sentido figurativo, da la impresión que el ser humano -frente a los poderosos embates del ambiente-, opta por introducirse deliberadamente en “una suerte de armadura del medioevo”Ello, sin duda, con el ánimo de quedar al margen de tanta ignominia que le violenta, pudiendo así permanecer relativamente inerme ante su presencia. De ahí que, por ejemplo, muchas veces hemos sido testigos directos de una persecución bestial, cuyo fundamentoproviene de un mero chisme. Y lo que resulta aún más delicado, es que la ilicitud de estas acciones de ataque leonino a personas, no sólo suelen ser vistas con indiferencia, sino que hasta se llega al extremo de enunciarlas como procedimientos inherentes al diario vivir. 

Tampoco podemos pasar por alto otro dato importante: estos hábitos persecutorios no tienen una incidencia que pudiésemos calificar de excepcional. Son, en efecto, “el pan de cada día”. Por esto, quizás, se les admite con una desaprensión insolidaria que abisma, surgiendo sólo -en forma aislada- algunos signos concretos de resistencia. Pero, por desgracia, éstos habitualmente ocurren en forma muy tardía. O sea, cuando todo ya se ha consumado en contra del perseguido.

En definitiva: se echa aquí de menos una postura clara -o de abierto rechazo- hacia la patética aberración que encierra cualquier conducta arbitraria e intencionadamente hostil dirigida contra “alguien”, reconociendo, desde luego, que las personas no son dadas a empatizar fácilmente con el sufrimiento de otras. Precisaría -sensu stricto- que cada individuo logra hacer suyo el dolor ajeno, únicamente cuando ese dolor -o sea, el dolor del otro- se asocia con uno ya vivido por él. Siendo ésta la circunstancia más favorable para que un ser humano quede en disposición psicológica de “colocarse en el pellejo de sus semejantes”.

No resulta un despropósito deducir, entonces, que la capacidad para vivenciar el dolor ajeno, constituye, en todo momento, una virtud connatural a quienes -por sus cabales- han logrado posesionarse en los más excelsos niveles de desarrollo moral. Algo difícil -en definitiva, extraordinario- pero afortunadamente factible y esperanzador.

Además -y sin alejarnos de los alcances de todo acto persecutorio-, estimo oportuno poner en el tapete esa verdadera tragicomedia que representan muchos ciudadanos que se desempeñan en las reparticiones públicas del Estado. Para nadie es un misterio que tales personeros -tal vez como en ningún otro sector de la sociedad-, sufren el constante “bombardeo de aquellos que han accedido al poder. Su labor, por consiguiente, se despliega en un escenario lleno de influjos partidistas, intereses viscerales, oportunismos nauseabundos y una cadena infinita de disposiciones maniqueas: inmejorable caldo de cultivo para el rumor calumnioso. En pocas palabras: se encuentran a merced de la siempre borrascosa contingencia; la cual, por cierto, propicia que “los jefes” ya entronizados en el estamento directivo -al que arribaron después de “sobrevivir” a las fragorosas pechadas” que el cuoteo político impone en la hora de la repartija de cargos-, hagan de las suyas en nombre de la “ideología y el partidismo oficialmente instaurado”.

A su vez, el funcionario público -deséelo o no- requiere adaptarse a las condiciones que imperen en su entorno: Primum vivere, deinde philosophari (“Primero vivir, luego filosofar…”). En consecuencia, su trabajo muchas veces se desarrolla en una atmósfera tensa y crispada. Sabe, de una u otra manera, que su ulterior calificación de desempeño, se encuentra de antemano comprometida por factores extralaborales. Tampoco está libre del indefectible rumor calumnioso: una acusación anónima que siempre alguien se encarga de difundir y que apunta a sembrar sospechas respecto de su fidelidad al régimen de turno. Lo más simple e “inofensivo” que suele decirse, es que éste ¡atornilla al revés…! Con ello, de ahí en adelante, sus aspiraciones de progreso profesional -o de reconocimiento legítimo a su labor-, terminan por transformarse en una peregrina quimera.

Aprovecho de esclarecer, por último, que cuando sostengo que el rumor calumnioso aflora en todas partes, evito pronunciarme -no impensadamente- respecto de si aquel puede o no facilitarse en una determinada latitud. Por consiguiente, no me cierro a la posibilidad de que existan “hábitats” -o sea, lugares específicos-, en donde este tipo de especie logre, incluso, la categoría de un rasgo idiosincrásico auténtico. ¿Y por qué no…?

¿Quiénes persiguen a través de rumores?

Aquí se impone -antes que nada- una pregunta que creo muy importante formularnos: ¿Cuáles serían los atributos psicológicos que caracterizan a un perseguidor?

En lo que a esto concierne, se ha postulado que este tipo de individuo acusa un miedo enorme en torno a su propia carrera profesional. Le espanta, en el fondo, que el “prestigio” que posee al interior de la organización en la cual está inserto pudiera deteriorarse. Entonces, la necesidad de corroer la imagen de quienquiera visualice como una amenaza potencial para su “status”, alcanza para sí mismo los ribetes propios de un genuino acto de subsistencia: algo bastante similar a una especie de respuesta atávica de protección vital.

Por otro lado, cuando se indaga en la biografía de estos “personajes”, ella, de seguro, confirmará una historia personal tétrica, sombría y pródiga en víctimas a su haber: penosa consecuencia del “método” que han utilizado para abrirse camino en el mundo. Esto es, encubriendo la mediocridad e ineficacia que les caracteriza, mediante el aniquilamiento de aquellos que “osen apartarse del rebaño”; o que, de una u otra manera, hayan decidido dar curso a un estilo propio e infinitamente personal de acometer la existencia.

Nada pues indigesta más a un perseguidor que el vigor autárquico de un hombre solitario e independiente: una suerte de Robinsón. Y, más todavía, si observa que a éste no le asusta vivir distante de aquellas “cofradías” eventualmente convenientes para una proyección laboral “exitosa”. Con suma facilidad, etiquetará de enemigo a todo quien intuya que le hace sombra; y sabe también -a ciencia cierta- que con su “estilo” aumenta a cada rato el número de enemistades que le circundan. De ahí que la “magnitud paranoide de su ya hipertrofiada desconfianza, suele desarrollarse hasta el extremo de configurar una suerte de proceso in crescendo, cuyo resultado final resulta imprevisible.

Además, cuando un perseguidor planifica sus bellaquerías, lo hace valiéndose de la “capilla” en donde milita. Pues su vileza le impide decidir -a solas- iniciativa alguna. En su estrategia involucrará a aquellos “parroquianos” con los que a diario comparte el sammelsurium de insuficiencias, minusvalías y resentimientos que “decoran” su fuero interno. 

Se trata, en síntesis, de un “personaje” imposibilitado de acceder a un reposo tranquilo y vivir en paz. Al endosar a terceros sus polutas intenciones, verá en todas partes un peligro inminente, pudiendo resultarle angustioso -inclusive- el mero reflejo de su propia sombra, en lo que constituye el súmmum mismo de la suspicacia.

El perseguido -como es dable imaginar-, no puede sino ser un profesional brillante, digno, fuertemente empático y atractivo para la mayoría de la gente. Por lo regular, se trata de una persona prudente y equilibrada desde un punto de vista psicológico; no obstante, transcurrido algún tiempo, esa misma persona empieza a mostrar signos inequívocos de estrés (insomnio, ansiedad, mareos, pérdida del apetito, irritabilidad, cansancio, etcétera.). Es decir, paga un alto tributo a raíz de la atmósfera hostil creada ex profeso en su alrededor.

En el presente, se invoca la palabra inglesa mobbing para conceptuar esta forma de acoso en el trabajo. Palabra acuñada por el psicólogo alemán Heinz Leymann: una derivación -en inglés-, del verbo to mob, que significa “atacar con violencia”. No obstante, el vocablo mobbing tiene su origen en la etología; siendo Konrad Lorenz quien inició su uso cuando le llamó la atención el comportamiento agresivo de ciertas especies de pájaros en contra de sus eventuales contendientes: un verdadero anuncio respecto de lo que pareciera irse acentuando en la comunidad del sapiens.

El acosamiento sustentado en el rumor calumnioso -una forma un tanto más “refinada”, pero no menos rahez de atacar a las personas-, se configura entonces como una acción a todas luces aviesa. Implica materializar, en la praxis misma, una idea tristemente célebre achacada a Goebbels: “Una mentira mil veces repetida, decía éste, se convierte en una verdad imaginaria”. Apotegma aterrorizador que traduce el convencimiento oscuro de un “dilecto” asesor de Hitler, en días terriblemente aciagos para la historia de la humanidad.

El rumor calumnioso, en suma, representa uno de los métodos más abyectos de manipulación; el cual se inspira en una primigenia práctica psicológico-publicitaria: repetir incesantemente el infundio que interesa instalar en la conciencia del grupo, a modo de que éste alcance la categoría propia de una “verdad” irrebatible. Con ello, se busca el adormecimiento de la voluntad del grueso público: algo bastante parecido a establecer -por vía de la sugestión- una especie de aquiescencia hipnótica, que inhiba cualquier asomo crítico en torno a la mentira falazmente propuesta al colectivo.

A su vez, otra de las contradicciones más paradójicas que carga sobre sí el fenómeno del rumor calumnioso, reside en el hecho de que aquel aflora en todas partes. Sin embargo, curiosamente, quien se encarga de ejercer la función de conspicuo “vocero” de éste -entiéndase, el calumniador propiamente tal-, no se le ve aparecer por ninguna. Por eso, el rasgo que acaso mejor retrata la miseria moral de este “personaje”, es no dar nunca la cara y menos hacerse cargo de sus acusaciones”. Su estilo será siempre lanzar la primera piedra y prestamente esconder la mano”. Actitud que da cuenta de la felonía que domina en su interior. Felonía que lo lleva a esgrimir -a la manera de un verdadero “culto”-, una mecánica despreciable por donde se mire: el uso repetidamente majadero del comentario sotto voce.

Estamos entonces frente a una variante un tanto novedosa de acoso laboral. Variante establecida desde las sombras tenebrosas del anonimato: atributo propio -o sine qua non- de este tipo de mobbing. Quien lo padezca tiene muy pocas posibilidades de recurrir al único medio de defensa que provee un Estado de Derecho: los tribunales de justicia. Fundamentalmente porque, en esta situación particular, el perseguido jamás arrostra un cargo formal o responsable. Su circunstancia tiende a adquirir el halo característico de una fatalidad inexorable: transformarse en el blanco predilecto de quienes -callada y solapadamente- se afanan en destruir su imagen apenas éste da vuelta la espalda.

Vistas así las cosas, a un perseguido mediante rumores, le está prácticamente vedado defender legalmente su honra. Siendo éste, sin duda, el peor escenario a asumir por parte de cualquier persona que conciba un modus vivendi regido por cánones civilizados. Por lo demás, si una organización humana ampara el uso del rumor calumnioso -cosa, por cierto, muy grave-, no hace sino evidenciar la putrescencia que “reina” en sus entrañas. Putrescencia que forzosamente amenazará el buen funcionamiento y perdurabilidad de ésta.

El rumor calumnioso: ¿Ocupación de pseudointelectuales y plagiarios?

Llama la atención que el rumor calumnioso -una especie que a todos debiera producirnos el más absoluto aborrecimiento-, tienda de suyo a suscitar el interés de algunas personas.

Este hecho podemos admitirlo si nos hacemos cargo de una verdad universal: que el morbo y la tragedia han atraído sempiternamente al espíritu humano.

En cualquier caso, conviene dejar claro que dicha especie se instala de preferencia en los corrillos de poca monta. Y, en lo específico, motiva sobremanera a una “intelectualidad” birria, hipócrita e irracional. La cual, junto con argüir -“a voz en cuello”- una adhesión a principios que no practican, escurren a diario todo su resentimiento. Esto, cada vez que divisan el bien ajeno, como, idénticamente, cualquier muestra de originalidad que surja ante sus ojos. Dicho sin eufemismos, son seres carcomidos por la envidia y simulan amar el conocimiento, cuando, en verdad, esa aparente afección no sólo resulta extraña a sus intereses existenciales, sino que, además, la aprecian como un empeño definitivamente estulto. Por eso, aparte de dedicarse al cultivo de aquellas “historias” que particularmente ponen en tela de juicio la honestidad de sus semejantes, gastan gran parte de su tiempo en la tramposa transgresión que representa el plagio: un delito rara vez sancionado en nuestras latitudes. Pero que ellos -dadas estas circunstancias-, no trepidan en instrumentalizar. Pues sueñan con “resarcirse” del complejo intelectual que cargan sobre sus espaldas como un lastre mortificador.

Su “castración ética”además, constituye un factor que ayuda a transformarlos en unos redomados copiones del esfuerzo creativo de otros; el que, como resulta esperable, tienen el desparpajo de presentar como propio. Demuestran un nivel de impudicia y falta de decoro asombrosos. Pero, más que nada, debido a su pereza malsana, no cuentan con el dominio necesario para apartar de sí la tentación de entrometerse en la intimidad de terceros: algo que les interesa en grado sumo.

Creen, en su permanente desvarío, que interiorizándose en este tipo de cosas adquieren algún valor personal: ¿Necesidad anormal de reconocimiento? O, simplemente, ¿una forma más o menos encubierta de voyeurismo? Quizás todo eso… y, para peor, al mismo tiempo…

Se ve entonces -con claridad meridiana- la chata adhesión a principios que distingue a estos “intelectuales”: genuinos esbirros del rumor. Su vida misma demuestra -con transparencia dramática-, el grave quiebre interno que padecen; y, principalmente, pone de manifiesto cómo tal desorden les impide proceder con honradez cuando de ellos algo se requiere. Son, por cierto, una encarnación vívida, concreta, de lo constituye el non plus ultra de la invirtud. Más aún: evidencian que su espíritu -lo más elevado de la creatura humana-, está comprometido por el influjo de un agusanamiento pútrido, que termina por desprender el hedor inconfundible de una descomposición que no pueden ni desean controlar.

El rumor calumnioso -concluyo- “entusiasma” ilimitadamente a estos “personajes”. Les surte el efecto de un “mágico elixir”, que, aunque fuere en forma momentánea, logra sacarles del fastidio insoportable que domina su existencia, delatando cuán inmensa es su ineptitud para sobrepasar los límites que la experiencia sensible impone a los hombres.

Y es que -ya sea por detrimento volitivo o moral-, estas personas no pueden alzar el vuelo, y así tomar la altura necesaria para encontrarse con aquello que permite al sapiens trascender la finitud de la vida: las cosas del espíritu. Pertenecen definitivamente a la tierra y por tanto aceptan -con resignada obsecuencia- la condena irremisible que significa retornar inexorablemente a ella; en un acto de entrega que ratifica la infausta vocación de individualidades constituidas única y exclusivamente para la muerte.

Así son estos “intelectuales” adictos al rumor: personas dignas de lástima. Seres inclinados a la reptación, ofidios que provocan mucho daño y que habitualmente “pululan” en los círculos universitarios.

Rumor e infundio político

Cuando cierto rumor se “populariza” en un particular contexto laboral, la persona calumniada recibe -ipso facto- las acometidas inherentes a la mentira inoculada en la conciencia de quienes conviven con ella. Más aún: los protagonistas de aquella realidad -y principalmente las personas promedio-, comenzarán a comportarse acorde con el “comentario” que circula de boca en boca.

Del mismo modo -ora por cobardía u ora por simple desidia-, quien pudiese poner atajo a la infamia en curso (la autoridad correspondiente), usualmente adopta una postura acomodaticia: ponciopilatescaEs decir, se lava las manos. El resto -o sea, la chusma, los “corderos” o como se quiera llamarles-, optará por lo más cómodo: ¡No hacer nada...! En el mejor de los casos, mirará de reojo, sin siquiera abrir su mente al beneficio de la duda. Con ello “legalizará” un dictamen establecido como “una cosa debidamente juzgada”. 

Por otra parte, huelga consignar que los méritos profesionales y humanos de quien fuese objeto de calumnia -aunque aquellos sean palmarios-, en tales circunstancias no merecen siquiera considerarse. De manera tácita, se impone cierta prohibición: una especie de “anteojera colectiva”, que de facto entorpece conocer lo que éste realmente es. Entonces, todo se confabula para “invitar” al calumniado -e “invitarlo” de una manera absolutamente torcida-, a que renuncie a su cargo; el cual, por supuesto, ya tiene como destino a “algún concofrade de los círculos impulsores de dicha hablilla”.

¡He aquí entonces la consumación completa de un procedimiento cruel y canallesco…!

Consignemos -además- que en un ambiente de trabajo condicionado por el imperio de determinadas bandas -las que por cierto son regularmente tan impulsoras como adictas a la “voz oficial”-, el rumor calumnioso puede alzarse como una herramienta en extremo útil para sus propósitos. Toda vez que una banda -sea cual fuere el lugar donde surja-, intentará eliminar a quien sienta como una amenaza para el mantenimiento de sus prebendas. Se trata de un asunto ligado a la conservación del poder: una realidad mil veces repetida en ese drama en el tiempo que llamamos historia.

En cualquier caso, una lucidez mínima respecto de lo que en esencia constituye el acontecer social, demuestra que mientras unos “pinchan la rueda de la fortuna”; otros, inversamente, tienen que resignarse a aspirar el olor nauseabundo y frustrante de la marginalidad. Es un hecho recurrente observar cómo, ciertos personajes” que han accedido a los círculos gubernamentales, hacen de su estancia en ellos una situación netamente proficua. Situación que contrasta con el menoscabo de quienes -en carne propia- intuyen la oprobiosa realidad del powerlessness que viven: ninguneo puro, diríase en la “jerga” hoy en boga.

Se me ocurre, sin embargoque este asunto se torna todavía más dramático en las esferas tercermundistas; o, con mayor exactitud, en aquellos países donde el acceso a los altos cargos públicos lo representa todo (léase: asignaciones especiales, viáticos en moneda extranjera, pasajes, créditos blandos a cuenta de la “sangría fiscal”, sobresueldos, extravagantes licitaciones públicas, tráfico de influencias, nepotismo “a toda orquesta”, etcétera.)

Por eso, cuando hoy se intenta ensuciar el buen nombre de una persona sobre la base de un infundio político, el contenido del rumor buscará inevitablemente endosarle las posturas más contrapuestas a la usanza ideológica imperante. La cual, dicho sea de paso, no puede sino ser otra que la de quienes -en ese momento- se pavonean de su acceso al tan apetecido poder. Entonces, ciertas adjetivaciones como: liberal, terrorista, antipatriota, comunista, izquierdoso, marxista-leninista, etcétera; son perfectamente útiles para conformar, en una particular realidad histórica, el noúmeno argumental que “justifique” la persecución. Así como, en otra, los vocablos de conservador, fascista, momio, derechista, reaccionario, nazi, torturador, autoritario, etcétera, resultan funcionales al propósito de adscribir “una cierta cobertura ética” a las hostilidades que se desea ejercer sobre el perseguido: otro burdo ardid para dar “legitimidad al indignante sectarismo que se esconde tras esa conducta.

Tampoco podemos abstraernos de un antecedente a todas luces axiomático: la disposición compulsiva que posee la creatura humana para tropezar, en más de una oportunidad, con la misma piedra. A la luz de los hechos, pareciera nunca extinguirse cierta constante -o recidiva- que se expresa en forma reiterada a través de la historia: concebir un entorno social dicotómico-maniqueo, que sitúe en un lado a los buenos y en el otro a los malos. Se trata -como ya lo sabemos-, de una película de terror bastante conocida en nuestra realidad directa, antes y después de 1973.

Además de lo anterior, me inquieta constatar cómo, en los últimos decenios, ha resurgido un tipo de voluntarismo que resulta “novedoso” precisamente de lo puro viejo que es: escribir una historia oficial hecha a la medida de quienes están en el poder. Por eso, permítaseme deslizar alguna ironía en torno a su fondo, ya que tal voluntarismo ha tenido “adelantados” precursores en un pasado no tan lejano (Hitler, Stalin, Mao, etcétera…). Consecuentemente, de una u otra manera, lo que de nuevo se pretende hacer -con esa pertinacia que caracteriza al pensamiento totalitario-, es difundir una historiografía no sujeta a críticas. Y por supuesto quien ponga en duda su claro acento apodíctico -algo sobremanera parecido a una suerte de “revelación divina”-, deberá someterse a las andanadas de una suerte de jauría intolerante, sin contemplaciones de ninguna especie, que no trepidará en utilizar métodos coercitivos de la peor calaña, con el fin de que purgue” tamaño atrevimiento.

¡He aquí, otra vez, la destructiva utilidad instrumental del rumor! Pues, por su intermedio, no sólo es posible malquistar al disidente frente a sus pares, sino que también favorecer el desarrollo de las condiciones “legitimadoras” de la marginación a ultranza que posteriormente se hará recaer sobre él.

A modo de epílogo

El rumor es un “arma” en extremo difícil de neutralizar. Esto, sobre todo, cuando se pretende hacerlo mediante el uso de recursos estrictamente legales. Pues se trata de un proceder que jamás contará con la firma de alguien responsable. Su despliegue, en esencia, se vincula directamente al anonimato. Entonces, la víctima queda acorralada en un contexto extremadamente incómodo; el cual, no sólo pondrá a prueba la fortaleza psicológica que posea, sino que, además, cuán granítica es su adhesión a principios.

Debemos admitir que una persona aprisionada por este tipo de villanía, puede perfectamente caer en una tentación tan perversa como la de quienes a diario buscan hacerle la vida imposible: defenderse con el mismo procedimiento utilizado por sus atacantes. O sea, difundiendo también rumores; pero, obviamente, en contrario a los que a ella le atañen, apuntando hacia esa pieza oscura” donde se ocultan sus detractores.

Quien decidiera optar por este camino, significa que ha hecho suyo -en la praxis- el espíritu fielmente expresado en la sentencia scelere velandum est scelus (“Un crimen hay que cubrirlo con otro crimen”. Sen., Phaedr. 721). Actitud por cierto entendible. Pero que en última instancia resulta impresentable desde un punto de vista ético.

Entonces, si el calumniado no está dispuesto a ingresar en la tortuosidad que caracteriza a los promotores de estos díceres, debe proponerse resistir con entereza las injusticias que vengan. Y más que eso: pareciera menester que se prepare para afrontar una de sus consecuencias más dramáticas: el aislamiento.

Tampoco puede darse el lujo de descartar, absolutamente, una acción ante los tribunales de justicia, aun cuando requiera de testigos decididos a hacer presente ante la judicatura los caracteres de la infamia difundida. Algo difícil, utópico, porque, sin duda, la eseidad misma del rumor calumnioso se funda en una alocución -casi arquetípica-, que evoca el sigilo rastrero de un reptil: “Se dice que…” “O… me han dicho que se dice… Es, por cierto, el modo característico de transmitir el infundio. Por tanto, nadie asume responsabilidad alguna respecto de él; y menos, desde luego, existirá cierta voluntad para identificar a quiénes constituyen la fuente de donde nace la inmundicia.

Lo paradójico, sin embargo, es que todos tienden a actuar acorde con la “historia” que circula. Y sólo aquellos semejantes que orientan su existencia a partir de categorías éticas superiores -o sea, seres libres, excepcionales e independientes de juicio-, no se dejarán impresionar por la fronda maldiciente que el morbo se encarga de promover.

A modo de hipótesis, dejo planteada la posibilidad de que el rumor calumnioso pueda encontrar ambientes más propicios para su gestación, hecho que podría explicarse como una consecuencia derivada de factores idiosincrásicos.

En lo que concierne al mobbing -un procedimiento despreciable que se inscribe dentro del bagaje cotidiano de conductas impropias-, es necesario admitir que se trata de un fenómeno universal. No obstante, conviene hacer presente que, en otras latitudes, se encuentra tipificado como delito grave y merecedor de la correspondiente penalidad en derecho.

En suma: toda organización humana que se atreva a dar pasos significativos en este aspecto -esto es, que sancione cualquier intento de mobbing que surja en su interior- está de hecho salvaguardando su futuro como tal. A su vez, aquellas que amparen negligentemente este tipo de actos, no hacen sino cavar su propia tumba.

Y ni hablar si en una nación se cultiva la “caza de brujas”, el rumor y la calumnia intencionada como “métodos legítimos” para resolver cuestiones de poder entre sus ciudadanos. Porque aquello significa dar al “conventilleo” el carácter propio de una política de Estado. Indudablemente lo peor que puede ocurrir; y que habiendo ocurrido muchas veces, todo indica que -al parecer y por desgracia- seguirá ocurriendo.

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8 thoughts on “¿Qué posibilidades de defenderse tiene una persona víctima de un rumor calumnioso?

  1. Juan Carlos Ricciardi Palau says:

    Muy bueno el ensayo. Más el video simplemente fuera de serie en todo sentido.
    Muy ingeniosa la palabra “ponciopilatesca”. La RAE debiera algún día aceptarla como parte de nuestra lengua.
    Se nota que el autor ha vivido el sufrimiento que provocan los rumores. Me hubiese gustado saber dónde. Pero supongo que fue en una Universidad.
    Felicitaciones.
    Juan Carlos

  2. Patricia Artigas Misle says:

    Se trata de un trabajo muy acabado. No creo que en pocos lugares se produzca lo que el autor señala. Sin duda hay muchos ámbitos en nuestro Chile actual donde esto ocurre. Creo que el Dr. Rey es muy prudente y respetuoso en lo que escribe. Quizás demasiado. Me hubiese gustado que individualizara dónde le ocurrió esa experiencia que narra de modo tan cruda.
    Personalmente he vivido una persecución en base a rumores. Y lo que describe el Dr. Rey es realmente muy exacto. Felicito al autor. Muchas gracias. Pese a que señala dos posiciones excluyentes para abordar el problema. Intuyo lo que delicadamente dice. Y seguiré sus convicciones. Gracias don Sergio nuevamente.

  3. Ana María Subercaseaux Hein says:

    Notable trabajo. Cuando leemos esfuerzos de esta categoría, uno no puede menos que felicitarse de lo que la Internet nos puede brindar y en forma gratuita.
    Agradezco al autor por su cultura y versatilidad. Pensamiento y música.
    Es muy infrecuente hoy encontrar personas que posean su amplitud.
    La claridad que demuestra en el video es asombrosa. Lo mismo su lenguaje envolvente. Diria hipnótico.
    Es una persona hecha a la medida para un medio de comunicación. Sería un gran aporte.
    Leí su página completa que encontré por casualidad. Me extraña que no sea más conocida. La estoy recomendando a mis amistades.
    Le hago llegar al doctor Rey todo mi reconocimiento y gratitud por lo que nos entrega. Usted me recuerda a esos hombres que surgían en el Renacimiento.
    Gracias nuevamente.
    Ana Maria

  4. Juan Arenas Armas says:

    Realmente doctor Rey no hay individuos más despreciables que los que se dedican a esparcir rumores. Lo he visto en universidades estatales donde ciertas mafias se roban los dineros públicos de los proyectos. Y se dedican a divulgar rumores sobre posibles competidores. Les hacen una mala imagen para que renuncien y ellos seguir con su “negocio”. Una asquerosidad.
    Saludos y gracias por su página.
    Juan

  5. Cecilia Ruiz Vejar says:

    Profesor Rey:
    No sabe usted cómo se le echa de menos por acá. Qué bueno que tenga esta pagina activa. Saludos cariñosos y esperamos que supere todos los problemas de salud que ha tenido.
    Cecilia

  6. Myriam Cádiz P. says:

    Gracias querido Sergio.
    Es muy grato leer cada uno de los mensajes y pensamientos de esta página, más si han tocado nuestros hombros.
    Siempre invitando a un cambio frente a la vida, frente a la humanidad. No hay palabras para agradecer todos estos mensajes tan importantes que siempre han contribuido en tomar un nuevo aire y continuar la vida en condiciones de tranquilidad y paz.

  7. Alumnos de Psicología y Educ. Física de la UMAG. says:

    Querido prof. Dr. Sergio Rey:
    Somos un grupo de estudiantes de la Universidad de Magallanes que seguimos su página y que hemos querido escribirle (de Psicología y Educación Física).
    Este es un país pequeño y todo se sabe. Perdónenos que nos tomemos la libertad para expresarle nuestros sentimientos en el DÍA DEL PADRE. Pues usted lo ha sido para muchos de nosotros. UN VERDADERO PADRE. Una persona que nos exigió mucho y que nos motivó a aprender más. Sus clases y expresiones SE RECUERDAN ACÁ TODOS LOS DÍAS. Sabemos también que ahora último ha tenido graves problemas de salud. Pero estamos seguros que con la fortaleza y hombría que le conocemos saldrá adelante. Nosotros poco podemos hacer desde acá. Pero querido profe nosotros estamos a sus órdenes en lo que podamos servirle. En Punta Arenas lo vimos defenderse de tanta “mala onda”. Pero usted los derrotó con muy buenas armas. Querido profe: Cuente con nosotros en lo que necesite. Y siga mostrando sus cualidades a través de esta maravillosa página.
    Su página Web se comenta mucho por acá. La universidad vive una crisis que ya no tiene nombre. Es muy lamentable. Al menos cuando usted estaba aquí, había alguien que no metía la política en sus clases y que elevaba nuestro espíritu. Hoy ya no queda nada con la mediocridad y la política.
    No podemos pedirle que venga… Pero sí queremos decirle que aquí estaremos siempre nosotros esperándolo. Un abrazo querido profesor Sergio.
    Alberto Covacevich Barría (y muchos)

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