Crítica

¿Es realmente admisible sostener que la principal voz del siglo XX fue la de Enrico Caruso (1873-1921)…?

Arturo Toscanini (1867-1957) -tal vez el director de orquesta mayormente reconocido a través de la historia-, interactuó en forma directa con los más grandes cantantes de su época. Entre estos -y sólo por referir algunos nombres pertenecientes al registro de tenor-, pudo oír a figuras de la estatura de Tamagno, Lauri-Volpi, Gigli, Pertile, Tagliavini, Martinelli, Fleta, Björling, Peerce, Del Mónaco, Tucker, Di Stefano, Vinay y, por supuesto, al mismísimo Enrico Caruso.

A casi todas las voces citadas con antelación, Toscanini las escuchó bajo la severa autoridad que él imponía mediante su propia batuta. Por tanto: ¿Qué duda cabe respecto de que su opinión resulta muy autorizada, cuando evalúa las luces y sombras de cada una de ellas?

Sin embargo, existe un veredicto del maestro Toscanini que es tan conocido como sorprendente. Ya que en éste exalta -y sin reservas- las facultades vocales de un tenor que  preferentemente cantó en el cine: Mario Lanza (1921-1959). Toscanini dijo de él lo siguiente: “Mario Lanza posee la voz más grande del siglo”.  

En verdad, tan taxativo juicio llama poderosamente la atención. Pues proviene de un músico perfeccionista, riguroso en extremo y sobremanera exigente con los cantantes. Aparte de que el célebre director orquestal -dicho sea de paso- nunca restringió sus elogios en torno a las virtudes de Enrico Caruso.

¿Cómo puede entonces explicarse este aparente contrasentido?

Veamos…

Arturo Toscanini -en el momento que pondera los singulares atributos de Mario Lanza-, lo hace refiriéndose exclusivamente a su voz (la cual ha sido clasificada como de tenor lírico spinto, con visos de dramático).

Nadie podría negar, en efecto, que la sonoridad de Mario Lanza era natural, viril, brillante, voluminosa, mediterránea, amplia, homogénea y plena de armónicos. Pero, asimismo, es preciso también admitir que su voz no sólo estaba dotada de una amplitud asombrosa,  sino que poseía -además- un colorido sin parangón (como puede verse, aquí se está describiendo únicamente su voz).

De ahí que el dictamen del maestro Toscanini, no debiera sorprendernos en demasía. Porque lo que acontece con Enrico Caruso, sin duda, es que éste -amén de contar con todo el caudal sonoro que siempre concurre en las grandes voces-, sobrepasó con creces tal cualidad. Y con ello hizo suya la estirpe infinitamente única de un artista in integrum.

Estimo justo sostener, por tanto, que el gran napolitano encarna -como el que más-, la exacta concepción de un artista-cantante. Concepto que trasciende el talento innegable que supone contar con una voz excepcional.

Constituirse en un artista-cantante -a mayor abundamiento- compendia una labor muy ardua para quien pretenda serlo. De hecho,  demanda mucho tesón, musicalidad, presencia escénica, autocrítica, buen gusto y sacrificio. Implica, asimismo, alcanzar una dicción y aptitud idiomática rigurosamente acabadas. Un artista-cantante, en síntesis, requiere de una vasta cultura en el más amplio sentido de la palabra.

¿Qué habría sucedido si Mario Lanza hubiese desplegado la carrera operática que estaba iniciando y que infaustamente quedó inconclusa debido su misteriosa muerte a los 38 años?

Este alcance, desde luego, podemos sólo inscribirlo en el ámbito de lo meramente conjetural.  Mario Lanza, en consecuencia, no adicionó a su quehacer canoro ciertos elementos que eran insoslayables para su desarrollo artístico. Elementos que debía necesariamente adjuntar al maravilloso patrimonio natural que traía desde la cuna. Enrico Caruso, por el contrario, trabajó sin respiro para hacer realidad -merced al espíritu perfeccionista que siempre fulge en los auténticos creadores-, su propósito de dar a luz una producción excelsa.

Por eso -en conclusión- adhiero a la idea de que Enrico Caruso fue el más grande artista-cantante que ha existido. 

Les invito enseguida a leer -del libro, Desde Una Ribera Del Estrecho”, 2006-, el capítulo intitulado: El Arte de Enrico Caruso.

RECOMENDACIÓN.

Hoy la internet nos regala selectos registros sonoros. Entre ellos, por  ejemplo, las   grabaciones de Enrico Caruso. Las cuales, hasta no hace mucho tiempo, eran consideradas verdaderas reliquias de museo.

En consecuencia: Les recomiendo buscar los siguientes títulos:

1.  VERDI. Oh! monstruosa colpa… Si pel ciel. Otello (Aquí canta con el extraodinario barítono Tita Ruffo). Grabado el 8 de enero de 1914.

2.   VERDI. Né gustare m’é dato un’ ora… Sleale! La forza del destino, Act. III (Aquí canta con el barítono Giuseppe de Luca). Grabado el 10 de julio de 1918.

 

 (*) Enrico Caruso grabó 260 caras de discos en 78 r.p.m. Todo esto entre 1902 y 1920.


EL ARTE DE ENRICO CARUSO

Cuando a Enrico Caruso se le adjudica la expresión nacido para cantar, quizás, en su caso, aquel calificativo no resulte plenamente feliz. Esto, sobre todo, porque la ruta que este hombre debió recorrer para desplegar su arte hasta los niveles de excelsitud que universalmente se le reconocen, fue áspera y fragosa. De hecho debió eludir un sinfín de obstáculos que formaron parte de su ascenso a la gloria.

Así entonces -con constancia y tenacidad-, se sobrepuso a cualquier contratiempo; y con ello dio cauce a un anhelo que desde niño palpitó en su interior como una pasión fidedigna. Caruso, más que haber nacido para cantar, surge como un notable ejemplo de esfuerzo, sacrificio y perseverancia: una suerte de encarnamiento vivo, lleno de fervor y sin quebrantos de ninguna índole al momento de luchar por su tan sentido anhelo. El gran napolitano siempre quiso cantar¡Y está a la vista el resultado de su vehemente deseo…!

Su voz incomparable -de sonoridad oscura, espesa y aterciopelada-, produjo el deleite de millones de seguidores durante 26 años de ininterrumpidas apariciones públicas. Para muchos su calidad vocal compendió la personificación de un genuino milagro: único en el tiempo.

José Carreras -el popular tenor catalán de nuestros días-, opinó que Caruso era un barítono que cantaba como tenor. Tal vez dicho juicio tenga un cierto carácter metafórico, pero no por ello deja entrever una realidad prácticamente indiscutible: que la amplitud de su registro era tal, que traspasaba con largueza lo que usualmente se espera para la cuerda de un tenor, pudiendo cubrir unas dos octavas y media de la escala musical con naturalidad absoluta.

Caruso -tal vez como nadie- adquirió rápidamente el carácter de una leyenda. Con la salvedad de que ésta fue posible en la misma época que vivió, alcanzando las más altas posiciones sociales que un cantante de ópera pudiera soñar. En efecto, personajes como los reyes de Inglaterra, el Kaiser, el Agha Khan, los magnates estadounidenses, etcétera, lo tuvieron entre sus invitados principales, prodigándole agasajos que lindaron en la exageración. Fue el artista mayormente considerado del mundo y el italiano más famoso de su época.

Transcurrido casi un siglo desde que Caruso actuó por última vez en un escenario, aparece cada vez más patente su temple de artista sin equivalencias. Influyó en los cantantes de su tiempo, como también en los que le sucedieron inmediatamente. Hoy continúa siendo un modelo intocable para quienes han abrazado el arte de expresarse por medio del primer instrumento musical de la especie humana: la voz. Quedan sus innumerables grabaciones fonográficas, las cuales -aunque precarias por la incipiente tecnología con que fueron realizadas (1902-20)-, estimulan la polémica y el reconocimiento. Y más que eso: el gusto por el bel canto en las nuevas generaciones.

Caruso -como ya lo dije- alcanzó la celebridad sin facilidades de ningún tipo. Y es más: en un medio artístico donde algunos afortunados se han abierto paso con mucha rapidez, él, por el contrario, debió luchar contra la ingente falta de recursos económicos de su familia. Por ello, el tozudo joven napolitano cantó hasta en las calles para procurarse algunos ingresos y así financiar sus estudios. Finalmente logró debutar, a los 20 años de edad, en el Teatro San Carlos -en 1894- con una ópera actualmente excluida de las carteleras: El amigo Francisco de MorelliDicha actuación no le fue favorable. Caruso, por lo demás, nunca tuvo un éxito rotundo en el teatro de su ciudad natal. De ahí el eterno divorcio que hubo entre éste y su querida Nápoles: al menos en el terreno artístico.

En sus inicios, el progreso que consiguió como artista fue tenso, exiguo y lleno de contrariedades. Pero -en 1898- pudo al fin regocijarse ante su primer logro significativo. Ocurrió en el Teatro Lírico de Milán interpretando Fedora de Giordano. Era el estreno mundial de la obra. La prensa lo calificó de voz y estilo estimables y buena acción escénica. La sobriedad escueta del comentario periodístico, trasunta la grata impresión general que dejó su “performance”. Más aún, si consideramos la tonalidad contestataria que caracterizaba a la crítica de la época, que habitualmente se ensañaba con los artistas novatos.

En la misma ciudad de Milán existía otra gran sala operática, la Scala, a la cual se le signaba como la más importante del mundo. Era la meta que Caruso pretendía. Para aproximarse a dicho objetivo, necesitaba adjudicarse alguna forma de validación internacional. Primero viajó a San Petersburgo y luego al gran Buenos Aires -lugar de su primer gran éxito americano-, donde le correspondió participar en el estreno mundial de una ópera argentina: Yupanqui de Beruti.

Su debut en la Scala de Milán -un examen que puede llevar a la gloria o   ruina artísticas a cualquier cantante-, no pudo ser más desafortunado. En esa oportunidad, bajo la batuta del egregio maestro Arturo Toscanini, abordó La Boheme de PucciniLa relación de Caruso con el director orquestal insigne no fue fluida en sus comienzos. Esto, dado el estilo y exigencias muy personales que este último imponía a los cantantes. La noche del estreno concluyó con un público indiferente y silencioso. Mas, un año después, en la ópera El elixir de amor de Donizetti (en el mismo teatro milanés), el propio Toscanini, contra una de sus convicciones más irreductibles, se vio obligado a autorizar el “bis” (repetición) del aria Una furtiva lágrima de esa ópera, ante el mar incontenible de aplausos provocado por un público efervescente. La Scala había investido a un nuevo ídolo, al que, en ese momento, Toscanini, reconciliado, abrazó exclamando: ¡Este napolitano dará que hablar al mundo…! Consecuente con sus palabras, el gran director invitó al nuevo favorito de Milán a ser partícipe de un concierto en homenaje al maestro Giuseppe Verdi, quien había fallecido en esos días. En aquel espectáculo, participaron celebridades de la estatura de Francesco Tamagno: el intérprete que el propio Verdi eligió para cantar una de sus más notables creaciones: Otello.

Desde ese instante, todas las puertas estaban abiertas para Caruso. En el Covent Garden de Londres alternó con rostros de la calidad de Nellie Melba y Emma Calvé, como, asimismo, fue invitado a los círculos íntimos del rey Eduardo VII y de Bernard Shaw. Esta incursión le sirvió como real caché para acceder al Metropolitan Ópera House de Nueva York; pero antes vino nuevamente a Suramérica: Buenos Aires -otra vez- Montevideo y Río de Janeiro.

Estados Unidos se transformó en su hogar verdadero. Y más que eso: en la culminación de una carrera extraordinaria. El Metropolitan dispuso que inaugurara la temporada 1903-04 con “Rigoletto” de Verdi. El reparto incluía a Marcella Sembrich, Louise Homer, Antonio Scotti y Marcel Journet. Desde aquel minuto, y hasta que sus problemas de salud le impidieran cantar (1920), Caruso se constituyó en la estrella principal de todos los inicios de temporada del gran teatro estadounidense. Sólo por contratiempos personales, no fue la figura central en la realizada en 1906-07.

Cierto sector del público neoyorquino -que aún añoraba al elegante Jean de Reszke, el destacado tenor polaco y antecesor de Caruso en el Metropolitan-, consideró al napolitano como poco distinguido y de ademanes un tanto exagerados. Caruso no es más que un campesino-, escribió alguien en la prensa de la época. Por tanto, sus comienzos tampoco fueron fáciles en tal lugar. Pero, su personalidad de niño travieso, su afición por los spaghetti y la imagen de un hombre hecho a sí mismofue adentrándose en el gusto progresista y democrático de la sociedad estadounidense. El resto lo hizo la publicidad, las anécdotas y algunos escándalos: factores que se conjugaron para dar a luz al más grande mito de toda la historia operática.

Transformado en un neoyorquino por adopción, se hizo parte en innumerables obras de bien público. Le otorgaron el grado de Policía Honorario de la ciudad. Fue actor en algunos filmes, por supuesto mudos, y se dio el tiempo para escribir un libro: Cómo cantar… Obtuvo, asimismo, mucho lucimiento a través de un hobby: la caricatura. Incluso, caracterizó los rasgos del Presidente Roosevelt, logrando un espectacular récord de venta con las copias impresas.

Contribuyó también a incrementar su atractivo personal, un invento realmente trascendente: el fonógrafo de Edison. Este medio de grabación -dicho sea de paso- no atraía a los cantantes de aquel entonces. Y es más: lo consideraban una entretención o herramienta útil sólo para ferias, bandas musicales de poca calidad o silbadores itinerantes. Caruso fue uno de los primeros que se decidió a grabar. Lo hizo un poco a regañadientes. Máxime cuando le hicieron oír las primeras reproducciones que resultaban como efecto de una tecnología del sonido tan en pañales. ¡Eso que escucho no es mi color de voz!, dijo una vez y no sin molestia. Pero intuitivamente captó lo que significaba registrar su arte para la posteridad. ¡Cómo hubiese querido hacer lo mismo Julián Gayarre, el notable tenor navarro del siglo antepasado…!, de quien no quedó ningún testimonio sonoro, pero sí las crónicas que hablan de sus prodigiosas facultades.

La firma “Gramophone and Typewriter, Ltd.” canceló a Caruso la suma de cincuenta dólares por disco, que aumentarían a casi dos y medio millones. Después de morir, sus herederos han continuado recibiendo cuantiosos emolumentos. Indudablemente que el gran napolitano le dio valor real a una actividad que sus colegas denostaban. Por ende, transfiguró al fonógrafo en un portador esencial del arte canoro. Y éste, a su vez, hizo posible que su voz llegara hasta los más apartados rincones del planeta, contribuyendo así a transformarlo en inmortal.

La vida afectiva de Caruso no fue precisamente feliz. En el año 1898 había conocido en Livorno -interpretando juntos La Boheme de Puccini-, a una atractiva soprano: Ada Giachetti. Sus ojos oscuros le cautivaron de manera ilimitada. Tuvieron una relación estable que duró aproximadamente diez años. Relación de la que nacieron dos hijos varones. Sin embargo, dicho vínculo había de terminarse abruptamente debido a la infidelidad de Ada (quien huyó en un automóvil del propio Caruso con al chofer de éste), produciendo aquel hecho una huella profunda en el tenor. Las cartas que dejó son un testimonio dramático  de  la magnitud  de  la  crisis emocional que tuvo que resistir, la cual -inclusive- le hizo hasta rumiar claras intenciones de tipo suicida.

Este episodio -de suyo doloroso- lo dispuso a trabajar aún más para vencer el estado depresivo que le embargaba. Posteriormente padece los embates de una amigdalitis, que lo impele a una urgente intervención quirúrgica. Extirpadas las glándulas, su voz desarrolla mayores matices de barítono, pero sin perder jamás la ductilidad y frescura líricas que poseía.

Casi paralelamente -y en su lejana Nápoles-, fallece su padre. No obstante, y a pesar de todas estas penurias, amplía a unas 68 óperas su ya extenso repertorio. De La Traviata a Aida. De Manón Sansón y Dalila. De Don Giovanni a El Profeta. Interpreta, asimismo, numerosas piezas sacras y prácticamente todo el repertorio de canciones napolitanas. Disfruta ejecutando cada obra en su lengua original, lo que le permite obtener el dominio de seis idiomas con perfecta dicción. Atrás había quedado el rústico napolitano que no podía prescindir del diccionario básico de inglés, cuando daba sus primeros pasos en los Estados Unidos.

Hacia 1914 -habiendo estallado la Primera Guerra Mundial-, Caruso adhiere a la causa de los aliados. Por ello hace entrega de sumas cuantiosas de dinero  en bonos de auxilio, amén de animar numerosos festivales y conciertos de ayuda. Mientras se desplegaba el conflicto bélico, la actividad en los teatros europeos decayó ostensiblemente. Esto hizo factible que Caruso viajara desde Génova hacia Buenos Aires en 1915, encabezando una selecta constelación de cantantes: Tina Poli-Randaccio, Gilda Dalla-Rizza, Rosa Raisa, Amelita Galli-Curci, Bernardo de Mauro, Pietro Cubellini, Hipólito Lázaro, Giuseppe Danise y el gran Tita Ruffo.

Su arribo a la capital de Argentina fue simplemente apoteósico: habían ya transcurrido 12 años de ausencia y el público ansiaba escucharle de nuevo. Mas, en esa ocasión, retornaba en el mejor momento de su carrera: ya era El Gran Caruso.

La gira terminaría en Chile, puesto que el empresario Renato Salvati había procurado contratar especialmente a Caruso para la temporada del Teatro Municipal de Santiago. Pero, cuando el artista supo que el ferrocarril trasandino no llegaba hasta la ciudad capital; y que, desde el Puente del Inca debía viajar seis horas a lomo de mula, lisa y llanamente no quiso hacerlo. En consecuencia, cambió su itinerario por las localidades argentinas de Rosario, Córdoba y Tucumán. En esta última ciudad, inauguró el Teatro Odeón.

De regreso en los Estados Unidos -el año 1918- y contando con 45 años de edad, contrajo matrimonio con Dorothy Benjamin Park, hija de un poderoso hombre de negocios neoyorquino. Sin embargo, este último no sólo no estuvo de acuerdo con la boda, sino que también -y sin más ni más- los ignoró para siempre. Un año después nació su hija Gloria: acontecimiento que se produjo en medio de unas funciones memorables de Los payasos de Leoncavallo y La fuerza del destino de Verdi en el Metropolitan Funciones en las que cantó con el extraordinario barítono y tenor chileno Renato Zanelli

Transcurría el mes de diciembre del año 1920  -y mientras representaba El elixir de amor de Donizetti en la Academia de Brooklin (New York)-, el idolatrado tenor sufrió una leve hemorragia  en la base de la lengua. No concluía el aria Quanto e bella de esa obra, cuando aquel flujo sanguíneo se transformó en copioso e incontrolable. Fue necesario suspender la función y, pese a que Caruso impuso la idea de devolver el dinero de las entradas, ninguno de los espectadores lo aceptó.

Continuó con una serie de padecimientos broncopulmonares (pleuresía). Fue operado. Estuvo muy grave, pero logró sobreponerse. Quizás temiendo que el fin se acercaba, con Dorothy y su pequeña hija Gloria resolvieron retornar a Nápoles, su ciudad natal. Su propósito era reponerse en la tierra que lo vio nacer. Quienes lo visitaron en ese tiempo, tuvieron la impresión de que pronto volvería a los escenarios. Uno de sus proyectos principales era cantar “Otello” de Verdi, con el más grande barítono de todos los tiempos: Tita Ruffo. No obstante, súbitamente le sobrevino un estado febril violento, dolores intensos en el tórax y dificultades respiratorias, falleciendo en la tarde del 2 de agosto de 1921. En ese momento, residía en el Hotel Vesubio de Nápoles -hoy Hotel Caruso- y tenía sólo 48 años de edad. El Otello verdiano que todo el mundo quería escuchar, sólo quedó como un mero proyecto.

Han transcurrido casi 100 años de la inhumación de Enrico Caruso Baldini (su nombre original era Errico).  Resulta impresionante constatar  cómo en todo el orbe se recuerda su partida. Conciertos en su memoria, nuevas tiradas de sus interpretaciones discográficas más significativas y una gran cantidad de libros especializados, continúan manteniendo en pie a esta arquetípica figura. Diría que el napolitano, en la práctica, parece cantar cada vez mejorporque Caruso  vive… y sin duda vivirá eternamente…

Giácomo Lauri-Volpi -el famoso tenor y abogado que brilló en el firmamento operático mundial hacia 1930-, escribió lo siguiente sobre este gran artista: Caruso es insustituible. Representa una escuela, encarna la música de una raza, compendia una época. Es un alma que todavía canta en la memoria y en el corazón de todos. Es el héroe representativo de un nuevo mundo de sonidos. Su estilo de canto. Su voz mediterránea, su temperamento de cantante honesto y profundo no tienen igual. Fue un fenómeno de pasión melódica. Su voz, por color, calor, intensidad, homogeneidad y belleza, ha quedado sin rivales. De Alaska a Japón, de Sudamérica a Australia, su nombre resonó como un símbolo”.

Impresionante síntesis. Precisa, trascendente y magnánima. Quisiera contar que en mis días de estudiante universitario tuve la oportunidad de recibir lecciones de canto con el maestro Florencio Zanelli, hermano menor de Renato Zanelli (el mismo que actuara con Caruso en sus últimas presentaciones de 1920). Don Florencio -durante sus clases- me destacaba que la voz de Caruso era esencialmente hermosa, sobrecogedora y amplia. Transmitía por su intermedio un caudal de emociones que emanaba desde lo más profundo de su espíritu exquisitamente sensible. Las palabras del maestro Zanelli testimoniaban los comentarios que había recibido por boca de su hermano Renato. Y por eso las evoco con recogimiento.

Por último, y excúseseme que realice una suerte de ficción absurda y no exenta de injusticia, cuando intento responder una pregunta que muchos se hacen: ¿Existe o ha existido algún cantante que nos lleve a evocar con mayor propiedad el arte de Enrico Caruso? A mi modo de ver, Beniamino Gigli posiblemente sea el artista que mejor recuerda el sonido y color de voz carusianos: sonido y color de voz típicamente itálicos. Pero, quizás la línea de canto más semejante al napolitano ínclito, es la que oímos en el fraseo impecable, elegancia y buen gusto del tenor sueco Jussi Bjöerling. Por otra parte, cuando ponemos la mirada en aquella pastosidad oscura que le fue tan característica, estimo que mucho de ella aparece en la emisión vocal de Mario del Mónaco. Todos memorables intérpretes. Sin embargo, si buscamos un timbre de voz que per se pudiera incitar a una confusión con el mismo Caruso, curiosamente esa similitud la encontramos en un barítono de su tiempo: Ricardo Stracciari. Esto, por supuesto, cuando establecemos comparaciones a través de las reproducciones fonográficas de que disponemos.

¿Y quién podría ser su legítimo heredero en el terreno artístico? Absolutamente nadie, diría yo. Porque Caruso es único, incomparable, napolitano. E infinitamente irrepetible en el tiempo

 

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7 thoughts on “¿Es realmente admisible sostener que la principal voz del siglo XX fue la de Enrico Caruso (1873-1921)…?

  1. Carmen Müller says:

    Con que propiedad y conocimiento nos deleita Sergio Rey con este excelente ensayo. Mi gratitud por darnos esta amplia visión sobre el Gran Caruso y su esfuerzo, tenacidad y disciplina para convertirse finalmente el más grande artista,cantante de todos los tiempos, en opinión de uno de los mejores Directores de Orquesta como Arturo toscanini.

  2. Renzo Devoto Morandi says:

    Gran planteamiento. Muy bien escrito. Una página que merece ser difundida.
    Felicitaciones al autor por su cultura.
    Renzo Devoto Morandi

  3. Roberto Casas-Cordero M. says:

    No tenía la menor idea de que el maestro Toscanini había dicho lo que dijo respecto de la voz de Mario Lanza. Me queda claro que Caruso ha sido el más grande artista cantante. Pero no sabía que su carrera tuvo demasiados tropiezos y debió trabajar como nadie para llegar a la gloria.
    He disfrutado este artículo que sintetiza tantas cosas. Soy un seguidor de la voz de Aureliano Pertile y sé que el maestro Toscanini también lo valoro mucho. Tenía dudas sobre la voz de Lanza, pero con lo que acabo de leer, he tomado conciencia de que no basta poseer sólo aquello. Realmente es lamentable su muerte tan prematura. He leído que hasta podía haber sido víctima de un homicidio provocado por la mafia.
    Gracias al Dr. Rey. Su página la estoy recomendando; y tengo la seguridad que tendrá mucha difusión. Además lo felicito por cultivar el canto. He oído sus notables interpretaciones de la música de Leoncavallo. Eso explica la propiedad con que opina y escribe. Es un placer leerle.
    Agradecido,

    Roberto Casas-Cordero M.

  4. Mario Trebi C. says:

    Este artículo es lo mejor que he leído sobre Enrico Caruso y Mario Lanza.
    Un gran aporte.
    Felicitaciones.
    Mario Trebi Casorla

  5. Vasile Krasnost says:

    Profesor:
    Escuché todas sus grabaciones y las guardé en un CD. Su comentario sobre Caruso y Lanza: excelente.
    Su página una maravilla.
    Un gran saludo de un ex alumno de la U. de Chile.
    Vasily Krasnost

  6. María Antonia Medina Julian says:

    Muy ilustrativo. Ameno. Extraordinaria síntesis escrita por alguien que sabe lo que dice. Un saludo muy cordial para el autor. Gracias.
    María Antonia

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