Crítica

¿Puede un resentido transformarse en un líder político, religioso o en alguna otra actividad?

El resentimiento, sin duda, constituye una condición psicológica digna de la mayor misericordia. Puesto que se trata de un ser humano que encubre -a cualquier precio- el odio y la no aceptación de sí mismo que impera en su interior.

Tal encubrimiento lo realiza valiéndose de un mero relato revestido de cierta coherencia interna. O sea, de una especie de “argumentación” que, desde la perspectiva de un auditor común, logre percibirse sin gruesas contradicciones formales.

Dicha “argumentación” -de manera casi inevitable-, tiende a configurarse como una expresión ideológica (Vg.: Odio a una etnia, a una clase o rol social, a una nacionalidad, a un símbolo, a una idea política y/o fe religiosa, etcétera). Con ello se autoprovee de una suerte de coraza”, cuya finalidad es “proteger” su esmirriada autoestima.

No debiésemos caer en el error de colegir, asimismo, que simpatizar con un determinado cuerpo ideológico trasunte necesariamente la presencia de resentimiento en quien lo recoja para sí. En estricto rigor: todo depende de cómo cada persona incorpore dicho constructo en su interior y de cómo finalmente opere con él en la realidad concreta.  Mas, lo que resulta evidente, es que a un auténtico resentido jamás le moviliza un propósito genuinamente altruista. Pues aquel vive poseido por un nivel de animadversión tan inmenso hacia su entorno, que lo lleva a construir una suerte de farsa respecto de sí mismo y de su rol en la sociedad: un patético autoengaño.

Un resentido, en suma, suele provocar muchos perjuicios a sus semejantes. Y esto independiente del lugar donde se desempeñe.

Lo invito a leer el capítulo intitulado El ResentimientoDel libro: Desde Una Ribera Del Estrecho” (2006).

Espero que le sea de alguna utilidad en su aproximación a este tema siempre tan actual…


EL RESENTIMIENTO

Leemos, en el Diccionario de la Lengua Española (RAE), que un resentido es quien «se siente maltratado por la sociedad o por la vida en general».

A su vez, en el prestigioso texto de uso del español de María Moliner, encontramos una enunciación todavía más amplia  del término: «se dice del que se siente maltratado en general, por la sociedad o por la suerte, y siente hostilidad hacia los que considera más afortunados». Agrega, asimismo, los sinónimos de «amargado o envidioso».

De seguro que a la psicología le compete propiamente observar y describir cómo este desorden psíquico se expresa en la vida concreta de ciertas personas. Porque el resentimiento no sólo deja entrever un morbo sobremanera sombrío, sino que se constituye, además, en la metafísica misma de determinadas actitudes y comportamientos observables en el diario vivir.

En modo alguno, el resentimiento es inofensivo. Pues trae consecuencias  que,  de  una  u  otra  manera, se hacen notar. Quienes lo padecen -entre otras cosas-, son dados a desplegar una particular sensibilidad hacia las personas que le rodean. Y más que eso: muestran un especial llamamiento por inquirir subrepticiamente en la vida ajena. El chismorreo -para ellos- hace las veces de un nutriente que alimenta su insano modus vivendi. Esto, principalmente, porque les resulta indispensable encontrar algún antecedente que agravie, disminuya o desprestigie a «terceros»; para así -en una suerte de sentido perverso de la autoafirmación-, obtener algún grado de complacencia.

En definitiva: pareciera que este «personaje» respira sólo cuando asume tan malsana actitud. Por tanto, demanda con urgencia una especie de hemoglobina que extrae a los individuos saludables, para de este modo poder mantenerse en pie. De ahí que el éxito y el prestigio de otras personas, le resulte profundamente perturbador. Pues lo interpreta como una verdadera afrenta hacia su esmirriada autoestima. Cree -y desde luego erróneamente-, que haciendo uso de la maledicencia, el rumor y el comentario mal intencionado, logrará escaparse del desprecio que experimenta por sí mismo. Sentimiento que le persigue como si fuera su propia sombra; y que, por ende, le es sumamente gravoso sobrellevar.

Todos los seres humanos, sin duda, estamos expuestos a comprometernos con alguna forma de resentimiento. Y con mayor razón, quienes han sido personalmente ultrajados en alguna instancia. Pero, una cosa significa reconocer aquel estado afectivo como una cuestión circunstancial; y otra -por supuesto muy distinta-, cuando el individuo lo incorpora con el carácter de una disposición psicológica permanente.

Al resentido le nace, además, una preocupación vehemente por algunas personas, símbolos o determinados arquetipos sociales. Esto, sobre todo, al percibirlos como imágenes concretas de realización. Y, debido a que su voluntad se encuentra mutilada por un paralizante sentimiento de impotencia, reacciona con gran animadversión hacia ellos.

El psicoanálisis plantea una tesis muy esclarecedora al respecto. Dice que la conciencia humana requiere siempre de justificaciones. Por consiguiente, todo lo que emprendamos exige -en nuestra interioridad-, un fundamento que «legitime» éticamente las acciones que llevemos a cabo. Es el mecanismo de defensa psicológico llamado racionalización. Consecuentemente, el resentido se esforzará para recubrir su morbidez con un discurso exento de contradicciones formales: un discurso que, de una u otra manera, suene presentable. De ahí que para tal  propósito, le sea útil aferrarse a un bosquejo pseudo racional, que integre su sinrazón a un sistema lógico privado (coherente). Con ello escamoteará -dentro de los límites de una realidad virtual antojadizamente concebida por él mismo-, su propia miseria. Es lo que el notable filósofo checo, Karel Kosik, conceptualizó como el mundo de la pseudoconcreción.

Marx llamó a estos sistemas y sus correspondientes estados de conciencia alienada, ideología. Mientras que Sartre, a la sazón, les denominó falsa conciencia o inautenticidad. Y a quienes fueren portadores de esta falsa conciencia o inautenticidad, los «bautizó» con el apelativo de tramposos (Roquentín -el protagonista de una de sus más famosas novelas: La Náusea-, encarna fielmente la idea de un tramposo).

Curiosamente, lo que más irrita a un resentido no es la injusticia en sí, sino la superioridad que ve o cree ver en quienes no comparten su ideología (personal, religiosa o política).

En cualquier caso, siempre será legítimo, ético y enaltecedor molestarnos por los atropellos cometidos contra «otros», como igualmente protestar -en nombre de los humillados-, ante quien comete dichos atropellos. Pero lo que en esencia caracteriza a un resentido -aparte de su tendencia a expresarse con afectación frente al sufrimiento de terceros-, es cómo éste se vale de cualquier insignificancia para cimentar ontológicamente el odio que siente hacia sus «dilectos» enemigos.

Ciertamente,  para una persona equilibrada -o con una suficiente higiene mental-, el resentido no puede sino suscitar una gran conmiseración.  Su rostro -habitualmente ajado, ojeroso-, acusa cuánto agotamiento le provoca el constante esfuerzo que ejecuta para mantener viva su farsa. Y su aspecto desgalichado, sucio, evoca indefectiblemente la fisonomía de una especie de zombi, poniendo de manifiesto -además- un envejecimiento a todas luces prematuro.  Esa es, sin duda, la consecuencia patente de tanto odio acumulado; y de su queja desgarradora frente al presunto maltrato que la vida habría hecho recaer sobre él.

El resentido deambula por la existencia sin expresarse jamás a cara descubierta. Es de hecho una suerte de discapacitado para ver y encontrar bondad; y si presiente que la tiene cerca, simplemente huye de ella. Sólo simpatiza con lo feo y escabroso, ya que todo lo restante le significa acordarse de lo que él interpreta como su propio fracaso. Entiéndase en la familia, en la profesión o en cualquier actividad que haya acometido. No posee espíritu alguno de rectificación ante sus errores. Prefiere entonces el camino más fácil: atribuir a terceros la causa de sus desgracias, en vez de darse a la tarea de rehacer el rumbo o intentar un nueve derrotero. Sólo le mueve una potencialidad destructiva que termina por surtir  efecto  en  sí  mismo.  Puesto  que el odio que destila contra una sociedad -para él ¡tan perversa! y ¡tan injusta!-, inevitablemente se expresará a través de formas autodestructivas de clara inspiración nihilista. En suma: si estas personas no se ponen en manos de un buen psicoterapeuta -lo que por cierto constituye una decisión estrictamente personal-, sólo quedará en pie la sincera esperanza de un buen creyente: orar mucho por ellas.

Indudablemente que el resentimiento es un fenómeno provocado por causas diversas. Pero, lo que en definitiva parece ser evidente, es que éste tiene más relación con la personalidad del sujeto, que con el medio donde aquel ha crecido.

Tal es la psicología del resentido: penosa por donde se le mire. Por ello, sin duda, no sólo le ofende lo que quiere ver como grandes injusticias, sino que también hasta los asuntos más insignificantes de la cotidianidad. A modo de ejemplo: que el vecino mejore su vivienda, que use vestimentas de mayor calidad o que haya adquirido un nuevo automóvil, etcétera.

Fácil es distinguir a quienes -ya sea por generosidad, o ya sea por altruismo-, se rebelan ante cualquier forma de arbitrio y ayudan verdaderamente a las víctimas. Porque -aclaro- una cosa es el sano enfado que suscita  la consumación de un arbitrio (con la subsecuente empatía hacia los afectados); y otra, diametralmente distinta, consiste en valerse de dicho arbitrio como un pretexto destinado a «santificar» determinada odiosidad personal.

Aunque los resentidos aseguran oponerse a toda vejación y estar siempre en favor de los alicaídos -exigiendo, incluso, ser aceptados por la sociedad civil como sus representantes-, en la práctica nunca ayudan a nadie. Y es más: sólo les interesa utilizar desalmadamente -o para sus fines- a la misma gente que dicen comprender y asistir. La historia es patética en este sentido. Pues no son  pocos  los  casos  en  que  ciertos “personajes” -egregios portaestandartes de las reivindicaciones sociales “a voz engolada”-, han hecho total abandono de quienes una vez depositaron su absoluta confianza en ellos. Situación que suele suceder cuando sobreviene la hora de las dificultades.

Aunque no resulte muy difícil reconocer intuitivamente a un resentido, creo que esta breve descripción puede serle de alguna utilidad a quienquiera confrontar sus conocimientos sistemáticos o su experiencia cotidiana, con la praxis específica de algunos individuos que suelen tener muy cerca. Y más que nada, en aquellas instituciones donde la convivencia humana constituye una condición sine qua non para el logro de resultados óptimos en el proceso productivo. Entiéndase en las industrias, oficinas, empresas públicas o privadas, colegios y/o universidades.

Y es precisamente en el ámbito académico (universidades) -una instancia ligada al ejercicio de la ratio-, donde es dable que surjan serios inconvenientes con su presencia. Ya que el resentido -con los elementos inherentes a su morbo-, puede configurar la argamasa que dé forma a los tijerales de su ontología alienada. Y así, a partir de una retórica esencialmente efectista -con apariencias de universalidad sublime-, logre impresionar a los más ingenuos. Pero, ya sabemos que las «clarinadas apocalípticas» que suele difundir un resentido, no son sino la expresión concreta de un problema personal. O, más exactamente, de una odiosidad enmascarada a través de una fraseología hueca, majadera y no exenta de mala fe.

Esa es la «solución» que este pobre ser humano le ha dado a su existencia. Mas, ¿cuánto tiempo soportará el esfuerzo constante de vivir prisionero en el círculo pestilente -dantesco- de su propia alienación? (Vivir de la intriga y el chisme; del odio a su familia, a los demás, y, en última instancia, hacia su propia persona). Nadie, sin duda, puede conocer mejor su realidad que él mismo. ¿Le será posible continuar ejerciendo su «oficio» sin que un día se encuentre -por supuesto sin desearlo-, con el destino que se merece?

Cuando sobrevenga ese momento -que a veces tarda, pero que de manera infalible un día llega-, ya no tendrá tiempo para transformarse ni restituir todo el mal que ha hecho.

Hegel -una figura colosal del pensamiento filosófico alemán-, sostuvo  que cuando un hombre no se reconoce a sí mismo en sus actos, la vida se le presenta como «Destino». O sea, que cuando éste enfrente la hora inexorable en que “los sepultureros toquen la puerta de su casa”, él no sabrá por qué… Entonces, de seguro que una vez más blasfemará contra su existencia, contra sus iguales y particularmente contra aquello que siente como un sino fatal que lo ha acosado siempre y  sin compasión.

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4 thoughts on “¿Puede un resentido transformarse en un líder político, religioso o en alguna otra actividad?

  1. Pedro Muñoz Alberti says:

    Concluyó que los resentidos podrían perfectamente formar un partido político propio. Porque son muchos más, en número, de lo que uno supone.
    Gracias al autor por el planteamiento. Es muy crudo. Pero igualmente humanista… Pedro Muñoz Alberti

  2. Yasna Sotil says:

    iQué gustó me da el encontrarlo aquí profesor Rey!
    Fui su alumna en la Universidad de Chile. Y lo recuerdo siempre. Veo que sigue igual que siempre con su gran ímpetu e ideales.
    Estoy fascinada con su página.
    Un saludo muy cariñoso de,
    Yasna Sotil

  3. Andrés Moreno Cantú says:

    Estimado: No sé si usted es muy sutil cuando escribe o simplemente no lo quiere decir. Pero yo creo que hay doctrinas políticas que están basadas en el resentimiento. ¿O no cree usted que quienes impulsan y/o practican la lucha de clases no son personas realmente movidas por un resentimiento social? Yo pienso que sí… En cualquier caso, su página es muy buena. Saludos.

    Andrés Moreno Cantú

  4. Yuri Alfaro says:

    Chile entonces no está hecho para tener un gobernante exitoso y menos millonario. Aquí los izquierdistas quieren ser millonarios. Y cómo no lo logran atacan a quien lo sea. Somos una mierda de país, lleno de resentidos y envidiosos. Además de hipócritas que se “enjuagan el hocico” con la solidaridad… Donde mejor se ve aquello es en la TV. Puros falsos y sedientos de dinero mientras hablan contra Pinochet. Y lo que resulta peor: es que esos mismos “personajes” profitaron de la TV en ese mismo tiempo. Pura hipocresía. País de mierda… Merece tener un Stalin para que dejen de “hociconear”. Ahi quiero ver a los resentidos.

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