Crítica

CHILE: Desde su criticada democracia formal -o “burguesa”- hasta el actual festín “democratista”. ¿Y después qué?

Editorial Atelí. Punta Arenas. 2006.

A nadie debiera extrañar que el término democracia -por el simple hecho de tanto repetirse-, haya terminado por constituir un verdadero lugar común dentro del lenguaje de nuestro tiempo. E inclusive: a raíz del carácter recurrente con que surge, por poco se transfigura en una suerte de invocación; la cual, sin duda, suele no eximirse de una cierta tonalidad patética.

Y es que el concepto de democracia hoy en boga, no es otra cosa que un designio u obra intelectual de clara inspiración franco-jacobina: un neto producto dieciochesco que declama sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad, para, en la práctica, hacer justamente lo opuesto. Esto es, destruir los derechos de la persona humana, sobre la base de “legitimar” un resabio oprobiosamente vengativo, cuya “metafísica” no puede sino sustentarse en el odio y el resentimiento. Con ello, se entroniza un nuevo estilo de injusticia, que oprime tanto al disidente, cuanto a todos los que se atrevan a discrepar, o, lisa y llanamente, a quien tiene el infortunio de ser considerado como una efigie viviente -y por lo tanto ingratamente evocadora-, de aquel Señor que gobernó en días pretéritos. 

En este contexto, debemos inscribir a esas  pantomimas grotescas tan fielmente expuestas por las sedicentes “democracias populares” (Corea del Norte, Cuba, El Congo, etcétera), como, asimismo, a la actual “nueva moda” que por su pertinacia ya nos abruma: “el democratismo”.

Las primeras siempre han sido bestiales sistemas totalitarios y criminosos. Mientras que la segunda -examinada como fenómeno político-, aparece como una variante “restaurada y tácitamente sucesora” del modelo revolucionario francés. De ahí que el relativismo y el libertinaje moral -nociones que política e ideológicamente se instauran en nombre de la tolerancia y la pluralidad-, sean el exacto noúmeno de esta variante.

En cualquier caso, los alcances que la democracia ha llegado a adquirir -de modo especial después de la Segunda Guerra Mundial-, traspasan con largueza los límites que propiamente le pertenecen como plan de convivencia u ordenamiento del gregarismo del sapiens. Por lo pronto, y acorde con lo antes indicado, en el presente impera una avasalladora “ideologización democratista“, que ha convertido a este régimen político en un fidedigno mito. Algo así como si por su intermedio pudiésemos acceder, aquí y ahora, al mismísimo paraíso: ¡una auténtica panacea enarbolada por quienes -dicho sin eufemismos- trafican descaradamente con las dramáticas urgencias de aquellos que viven en el desamparo y la escasez de recursos…!

Y aunque esto nos cause cierta desazón, cabe también hacer memoria respecto a que el vocablo democracia no ha permanecido al margen de las calamidades más infaustas que la especie humana quiso alguna vez “legalizar” sobre la faz de la tierra. De hecho, una simple mirada retrospectiva demuestra como, sin forzamientos de ninguna especie, esta palabra puede perfectamente conjuntársele con las de Dios y Libertad; estableciéndose así una tríada muchas veces funesta y reiteradamente esculpida -con letras de sangre- en ese drama en el tiempo que llamamos historia universal. Porque, ¿cuántos genocidios, deshonras y voluntarismos inicuos se han consumado en nombre de cada una de estas tres palabras?

Hoy, a pesar de todo, casi nadie discute que el régimen democrático supone un proyecto político digno de loores, que consecuentemente merece el aura de un bien muy preciado. Esto, por una parte, debido a que esta mecánica reguladora del siempre controversial asunto del poder, pareciera entregar mayores garantías de prudencia y, quizás en un plano teórico, dé mejor cuenta del clamor público. Mientras que,  por  otra, compendia un modo razonable de convivir, declaradamente orientado al bien común, y que no sólo estaría llamado a promover la movilidad social, sino que también la alternancia en quienes ejercen el mando del gobierno.

De ahí que los regímenes reconocidamente democráticos -en plena sintonía con la sublime inmisión que les sostiene-, concierten una suma de procedimientos cuyo fin no es otro que constituir un orden social estable, sólidamente erigido, que les permita emprender su más excelso objetivo: realizar la justicia (suum cuique). Siendo ésta, por último, la quintaesencia misma de cualquier organización humana con pretensiones de perpetuarse en el tiempo.

No obstante, más allá del consabido alcance etimológico que el término democracia encierra (demo, elemento prefijo del griego demos, pueblo, y cracia, gobierno), presumo ilustrativo consignar lo que la Real Academia Española estipula al respecto. Pues dicha entidad lo define de la siguiente manera: “Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”. O bien como: “Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”.

A su vez, el simple acto de poner esta palabra en el tapete, puede que remueva significaciones especialmente emblemáticas en el sentir de los chilenos, lo que proviene de la evolución y “padecimientos políticos” que como pueblo le incumben. Puesto que Chile, en los siglos anteriores, se hizo notar por el vigor, espíritu granítico e inviolabilidad de sus instituciones republicanas. Este hito fue alcanzado merced al rol e influjo determinante de una figura de dimensiones colosales en su historia patria: don Diego Portales, el gran estadista del siglo diecinueve.

En efecto, cuando el Ministro Portales pone fin a la desenfrenada anarquía que sobrevino con posterioridad a la abdicación de O’Higgins (1823), Chile pudo favorecerse con varios decenios de  progreso notable y buen funcionamiento de sus instituciones políticas,  dándose una Carta Fundamental -la de 1833- cuyo dominio se extendió hasta 1925: una de las que más se ha mantenido en pie en el acontecer republicano universal (92 años). Y que, durante su vigencia, se hizo cargo de dos enfrentamientos bélicos encarnizados con la Confederación Perú-Boliviana (en 1837 y 1879), una guerra civil ominosa (1891), y más de algún otro “pródromo” fratricida, que bien pudieron haber afectado su perdurabilidad. De este modo, la ruptura institucional acaecida en el año 1973, significó un quiebre doloroso, violento y esencialmente ajeno a lo que los chilenos acostumbraban.

Aclaro que no está en mi ánimo elucubrar aquí sobre su génesis, y menos -como resulta casi habitual que ocurra en nuestra pendular e ideologizada prédica política-, imponer una suerte de enunciado excluyente que sesgadamente dé cuenta de las razones que la precipitaron. Empero, lo que sí resulta indiscutible, es que con esta ruptura institucional se trastocó el ordenamiento de un proceso político, que, si se mira “in toto la historia republicana de Chile, sólo había tenido “algunos nubarrones” en 1891; y, en menor grado, hacia el convulsionado período que data entre 1920 y 1932.

Se me ocurre que los chilenos -al experimentar por primera vez y tanto tiempo un gobierno de facto-, poco a poco fueron autoimponiéndose una sentida añoranza por la democracia. Añoranza que, cuando se iniciaba la década del 80, adquirió una fuerza particular en los estratos juveniles.

No deseo caer, sin embargo, en una conducta inherente a los demagogos más conspicuos: el halago falso. Porque todo demagogo es un redomado adulador de las masas. Retrata, dicho sin rodeos ni ambages, la más genuina representación del populachero consuetudinario; que no escatima esfuerzos con tal de complacer la venialidad que caracteriza a éstas. Sabe, en pocas palabras, que al gratificar oportunamente lo más visceral de su egotismo acendrado, puede conseguir lo único que de ellas desea: el voto. De ahí que este “personaje” -el que por supuesto nunca exteriorizará lo que sinceramente “piensa-,  siempre emita opiniones funcionales a sus intereses inmediatos. Dirá, por ejemplo, que no fue sino el elevado nivel de conciencia del pueblo el que desató esa añoranza tan sentida. ¡Nada más peregrino…!, a mi juicio. Chile, en 1973, le dijo adiós a su democracia, en un ambiente de crispación irrespirable y en donde los niveles de intransigencia habían sobrepasado todos los límites. Nuestra “relativa paz social” -entre otras razones-, fue hecha trizas a causa del encono y los antagonismos intersectoriales incoados por la extrema “ideologización que se había impuesto. Y además, por cierto, debido a la infinita “miopía e hipoacusia” que demostró la clase política para resolver la atmósfera de desgobierno que objetivamente “reinaba”.

En resumidas cuentas: en el Chile de esos años turbulentos, se dispuso de la “trinchera urbana”, la mirada torva y la suspicacia extrema como elementos plenos de licitud entre los bandos en pugna. Muchas veces los recintos universitarios  -lugares inequívocamente concebidos para el ejercicio de la ratio-, se transmutaron en genuinos campos de batalla. ¿Qué podía entonces esperarse como efecto de un escenario tan áspero?

Producido el quiebre institucional de septiembre de 1973, difícil era concebir que alguien quisiese perseverar en “el modus vivendi” que dicho acontecimiento le permitía dejar atrás; porque los chilenos, ante todo, estaban muy abatidos por el caos y el clima inllevable de aquellas horas. Y cualquier posibilidad de retorno a un estado de cosas que se asemejara a las ya experimentadas, no podía menos que provocarles mucha angustia y desasosiego.

Dejaremos entre paréntesis -más que nada por no ser éste el tema de la ocasión-, hasta qué punto el poder foráneo fue determinante en la desestabilización del gobierno de la Unidad Popular (1970-73), como, asimismo, cuánto pesó esa misma influencia en el posterior regreso a la democracia (1980-89). Demás está decir que pecaríamos de ingenuos, por decirlo de una cierta manera, si pensáramos que este factor no estuvo presente en el despliegue de ambos procesos. Queda por conocer, sin embargo, la importancia que tuvo esta influencia en la caída del gobierno de don Salvador Allende, e igualmente cómo hizo sentir  su ”fuerza argumental” para que don Augusto Pinochet apresurara la entrega del poder en 1989. Tampoco debemos magnificar dicho influjo intervencionista y menos ponderarle como la etiología misma que determinó estos sucesos políticos, porque aquello nos involucra en una perspectiva de análisis absolutamente privada de proporcionalidad y buen sentido. Por consiguiente, consignemos que los señores Allende y Pinochet contribuyeron también con lo suyo para hacer un tanto más “comprensible” el subrepticio entrometimiento extranjero en la política interna de Chile.

No obstante, cuando hoy intento circunscribir por qué en los chilenos fue progresivamente asentándose la idea de volver por los fueros de la democracia, se me impone un convencimiento que de seguro no será del agrado de muchos. Pues siento que aquel ansia por recuperar dicho régimen de gobierno -disposición que se hizo palmaria en los inicios de la década del 80-, más parece haber sido una consecuencia derivada del llamado “peso de la noche”, que de cualquier otro motivo. Descarto, por tanto, lo que sostienen nuestros monotemáticos demagogos, cuando, aparatosamente, declaman que fueron las virtudes heroicas del pueblo las que le conminaron a movilizarse tras el reencuentro de sus tradiciones más caras: entre ellas, por ejemplo, reivindicar el derecho a elegir soberanamente a sus autoridades.

Por eso, y cuidándome de no simplificar en demasía esta última interpretación, intuyo que el siglo y medio de vida republicana que dio renombre a Chile en el concierto hispanoamericano, se encuentra profundamente inserto en la conciencia colectiva de sus habitantes. Y más que eso: quizás esa temporalidad -per se- baste para explicar gran parte de aquel llamamiento pro democrático que les brota naturalmente.

En este caso, huelga deducir que tal actitud de los chilenos poco o nada tiene que ver con una postura reflexiva, intelectual, o, en cierto modo, consciente, sino que se trataría de una “conducta casi refleja”: una especie de creencia, que sólo puede hacérsenos un tanto más inteligible si propiamente le entendemos como una pulsión cultural.

Infiero, entonces, que el ciudadano chilensis nunca ha sentido la necesidad de involucrarse en evagaciones sesudas sobre la democracia, ya que su propia historia patria le hace más que patente que siempre pudo contar con ella. Quizás el mismo hecho de haberla poseído por tantas generaciones consecutivas, haya determinado que finalmente la transformara en un elemento consustancial a su estilo de vida.

De ahí que me impresione, no sólo como un “melodramático” indicio de mal gusto, sino que también de patética deshonestidad, que con bastante frecuencia se eche mano a una retórica francamente pueril, para construir aquel tipo de “explicaciones” que abundan en la boca de los demagogos. El asunto no reviste la sofisticación retorcida que algunos pretenden adjudicarle, porque los chilenos -y eso está a la vista- no ven otra alternativa que no sea la democrático republicana a la hora de dirimir el problema del acceso al poder. Y si por alguna causa la institucionalidad que les rige sufre algún contratiempo, esa circunstancia puede ser únicamente admitida como una emergencia pública: y 1973 lo fue… pese a todo lo que se diga…

Por otra parte, si fijamos nuestra atención en los protagonistas más conspicuos de la tortuosa greña política que culminó con la toma del poder por parte de los militares en 1973, no deja de causarnos asombro cómo los mismos que con tanto ahínco impulsaron la destrucción de aquella democracia (a la que en su oportunidad, y despectivamente, le endilgaron el calificativo de formal y/o burguesa), a poco andar hacían abandono de tal postura; y proclamaban, cuando vivíamos en pleno régimen de facto, un apoyo nostálgico hacia las bondades de dicho sistema político. Lo que en la práctica simplemente equivalía a “ponerse a llorar sobre la leche derramada…”

Quizás esto último -que por poco raya en lo tragicómico-, hace oportuno traer a colación una sentencia que nos llega desde la antigüedad: que la historia es maestra de la vida. Al respecto: ¡Excúseseme que confiese abiertamente mi particular escepticismo frente a lo que esta sentencia deja entrever…! No obstante, y pese a ello, declaro tener la mejor voluntad para aceptarla como un deseo digno de encomio. La historia -ese archivo inefable de los hechos que nos han precedido-, tendría las dotes suficientes para constituirse en un surtidor inmedible de enseñanzas. Así debiera ser. Sin embargo, el homo sapiens ha demostrado -una y mil veces-, que no utiliza en beneficio propio la experiencia de sus congéneres. Es como una “especie de psicópata”, que no juzga debidamente las cosas, y que de manera repetitiva vuelve a cometer sus mismos errores.

De ahí que, cuando hoy se escucha la vocinglería estridente de quienes desean hacernos creer que  asistimos al advenimiento de un nuevo orden social -al que por supuesto se le tiende a conferir la condición de definitivo-, estimo prudente actuar con extrema parsimonia. Presiento que sólo esa es la actitud apropiada. Pues únicamente así podremos  guarnecernos ante aquel tipo de proposiciones que nos son expuestas con un énfasis taxativamente apodíctico.

Y es que todo lo diseñado por el hombre no puede sino ser siempre visto como una obra provisional, defectuosa. Por consiguiente, la democracia, en cuanto a proyecto humano, tampoco trasciende estos límites. Sin dejar de admitir, por cierto, que en cualquier caso ella representa una tarea hermosa, pero,  al mismo tiempo,  difícil de emprender. Y es más: sugiero -en un terreno hipotético- que si en la praxis procedemos sin considerar esta apertura tan saludable, significa que en alguna medida estaríamos inconscientemente contaminados por un potencial germen totalitario, que subyace en nuestro interior, y que de momento sólo espera circunstancias más propicias para liberarse en plenitud.

Este planteamiento no está exento de una importante connotación metafórica. Precisamente por eso, y hasta donde nos sea posible, me parece útil e indispensable morigerar dicho matiz connotativo. Si arrostramos la existencia de aquel presunto germen totalitario de manera más literal, puede que esa forma de afrontamiento -por sí sola- haga las veces de “un verdadero antígeno”, que nos coloque a buen recaudo respecto de cualquier “posible contagio totalitario” que aceche nuestro espíritu.

Examinado así este asunto, estimo que resulta de una perentoriedad casi absoluta que los pueblos se autoimpongan un imperativo difícil de asumir: incrementar su introspección. O, de modo más específico, que los ciudadanos tomen nota acerca de las potenciales inclinaciones totalitarias que pudiesen llevar en su interior. Porque lo totalitario, sin duda, es tan antiguo como el hombre mismo. Estaría ligado a su naturaleza profunda, siendo, por tanto, ingénito a él. Entonces, si cada persona se hiciera el propósito de escudriñar en las profundidades de su ser, de seguro que ahí, en la unicidad de ese arcano insondable, puede que encuentre un sinnúmero de latencias representativas de tal invirtud. ¿Y por qué no presumir que dicha inclinación totalitaria constituye un engendro directo del complejo de inferioridad que el sapiens sobrelleva tan dificultosamente? Sería, en efecto, como una especie de signo denunciatorio del penoso sentimiento de menoscabo existente en su fuero interno, que parece incrementársele aún más cuando -aunque fuere con relativa lucidez-, vislumbra el desvalimiento con que viene al mundo y lo efímero de su paso por la vida. Esto explicaría por qué las personas -parafraseando a Alfred Adler-, realicen un permanente esfuerzo “por alcanzar la superioridad”. Es, tal vez, una manera de compensar dicho menoscabo. “El impulso del menos al más nunca termina”, dice textualmente este ínclito psiquiatra austríaco.

Por otra parte, al sensibilizarnos con la propuesta adleriana, adquiere más sentido por qué el individuo es tan propenso a la soberbia: uno de los peores “recursos” que puede utilizar para trascender la minusvalía asfixiante que está en la base de sus afanes, la cual, por último, se expresa como una suerte de ineptitud para cubrirse del atractivo irresistible que trasunta el poder absoluto: la gran tentación humana. ¿Y qué estrategia podríamos urdir para mantener a raya tan ínsita deficiencia?

Frente a tamaña realidad, no cabe sino alejarnos de cualquier tipo de acceso fatalista; sin desconocer que esta flaqueza del sapiens -siendo a todas luces inmensamente poderosa-, no por ello constituye un obstáculo infranqueable. Esto, desde luego, en la medida que reconozcamos que compendia una motivación en extremo arraigada, cuyo origen dice relación con las pulsiones más ancestrales de la especie: algo así como una falla congénita de naturaleza moral, a la que se agrega lo vulnerable que resulta su existencia, más todos aquellos handicaps psicológicos y físicos “que carga como una pesada cruz”.

Este es el constrictivo encuadre en que necesariamente debe moverse la creatura humana: ¡Pura minusvalía, defecto sustancial y ansias de superar esa permanente sensación de incompletud que le mortifica…!

Por eso, y a modo de cerrar este tópico, no tengo dudas acerca de cómo el ensoberbecimiento -acaso el más primigenio atisbo megalómano que el hombre inscribió como obra suya desde los tiempos del jardín del edén-, concurre en forma presta a la hora de apagar las luces que alumbran su entendimiento.

Y es que la soberbia, en definitiva, constituye un peligro real, en nada abstracto: una especie de impulso irreprimible, que aparece en la antesala de numerosas tragedias descritas por la historiografía. Es la oscuridad misma o, más exactamente, el extravío del sapiens.

A estas alturas se nos impone una interrogante ineludible: ¿Tenemos la aptitud suficiente para no ceder ante la soberbia? O, a lo menos, ¿Contamos con una cierta conciencia en torno a cómo ésta obnubila nuestro buen sentido?

De ahí que, ahora mismo y sin condiciones de ningún tipo, me sume a quienquiera elevar una plegaria hacia lo más trascendente que cada cual conciba dentro de sí, para pedir que en Chile hayamos aprendido de los “fantasmas que la soberbia trae consigo”, y podamos así afrontar -sin suspicacias- los desafíos que el porvenir siempre incierto nos coloca por delante.

¡Aceptemos que aquel régimen político tan puesto en tela de juicio hasta 1973 -al que pertinazmente se le sindicaba como una democracia formal-, posee un innegable valor concreto…! Y que ese valor, acorde con lo que nos enseña la dolorosa experiencia adquirida, parece ser justipreciado sólo cuando estamos enfrente al  espectáculo macabro que significa presenciar los despojos que de él quedan.

Así es como actualmente se configura una gran paradoja, ya que el mérito de tal democracia -sobre la que otrora se desparramó tanta ponzoña-, reside precisamente en aquel aspecto donde la crítica fue en extremo impiadosa: su forma.

¡Vivimos dentro de los lindes ignominiosos que nos impone una democracia formal…!, escuchábamos repetir incesantemente hace casi medio siglo. Era una especie de acicate que instaba a transformar “esa aborrecible forma de organización política” en una realidad concreta. En pocas palabras: construir el mismísimo paraíso en la tierra. Y  ya  sabemos  cuál  fue  el  curso  final que  tuvo  tan  difundida  aspiración…

Hoy contamos con una enorme cantidad de antecedentes históricos de los cuales no podemos darnos el lujo de abstraernos. Estos antecedentes ponen de manifiesto cómo, toda vez que en política se ha intentado convertir la forma en un “ente” real, las consecuencias han sido simplemente desastrosas. Es el alto precio que se paga por no considerar el entorno o, dicho con mayor exactitud, constituye la imprudencia llevada al límite. Exhorto entonces a tener presente que la democracia no puede sino ser siempre acogida como una proposición teórico-formal: una suerte de faro que orienta nuestro navegar, pero cuyo puerto de arribo jamás alcanzaremos. Tiene una clara semejanza con la utopía, en tanto nunca podrá realizarse en su totalidad, pero sí, probablemente, simbolice un derrotero loable para avanzar hacia un norte que implique ascender en los niveles de la convivencia humana.

No podría negar, aún así, que persiste un dejo aparentemente contradictorio en los asertos anteriores, ya que en el presente se vuelve a reconocer a la antes vilipendiada democracia burguesa (formal) como una alternativa en plena revalorización. Es, en una primera instancia, como si tuviésemos que someternos a los dictados de un reloj, cuyos punteros marchan al revés. Sin embargo -como ya se ha sugerido-, la historia denuncia elocuentemente que la mayoría de los experimentos sociales que tuvieron por propósito demostrar el carácter obsolescente de tal democracia, de una u otra manera terminaron por dar cauce a expresiones políticas totalitarias. Entiéndase a esa “pléyade de supuestos salvadores del género humano que hicieron de las suyas, ya sea promoviendo la “sacralización de una clase social” (comunismo) o sobrevalorando caprichosa e infundadamente la supremacía de una etnia (nazismo).

En mi opinión, lo que nadie debiera pasar por alto es que el sistema democrático posee numerosos contrasentidos. Resulta perfecto -y permítaseme que una vez más insista en ello-, sólo como una forma. En la praxis, por ejemplo, debemos consignar que es lento, muchas veces ineficaz y primordialmente débil ante la acción de los demagogos. Quizás uno de sus más severos vacíos radica en que éste, amén de todos los considerandos anteriores, no puede negarle asilo ni a sus más aviesos enemigos. Esos “personajes” que se cobijan en su interior, que no creen en sus fundamentos: en la libertad, en la igualdad, y que para colmo de males, utilizan en su provecho aquellas falencias que le conocemos. ¡Estos “personajes” son, precisamente, quienes hoy más la invocan a voz en cuello…!

Se ve entonces, con meridiana claridad, que el régimen democrático compendia un orden social intrínsecamente endeble. Fue el propio Aristóteles, quien, con mucha prontitud, se encargó de entregarnos una poderosa señal de alarma al afirmar que este sistema político puede no solamente derivar en asomos acráticos de desorganización, sino también en el más execrable estilo de gobierno: la tiranía. Conceptos casi idénticos manifiesta el papa Juan Pablo II en su encíclica intitulada Centésimo Año. En ella critica a los regímenes democráticos del presente, a los que percibe como vías abiertas o encubiertas hacia el totalitarismo. Esto, en gran parte, debido a que las democracias concretas o reales -usando la misma jerga acuñada por el fenecido mundo socialista-, no sólo han hecho caso omiso de los principios de moral cristiana, sino que simplemente optaron por traicionarlos (Vgr.: Constitución Política de la Unión Europea). De ahí que estos mismos gobiernos democráticos den cabida a la negación de la permanencia de los valores y al relativismo, asignándoles al “chipe libre” -acaso el hábitat más propicio para que el libertinaje se exprese sin cohibimientos de ninguna índole-, el carácter de una práctica “progresista” y por tanto recomendable. Con ello, se habilita un ancho y bien pavimentado puente para que la verdad sea profanada sin contemplaciones, porque dichos gobiernos, en lo principal, son enteramente aquiescentes ante el nuevo “dogma” que rige este tiempo: reducir todo al consenso o a las mayorías.

En este marco, casi nadie repara en las circunstancias que estamos inmersos, donde, a diario,  y  ya sin disimulo, se  atenta impúdicamente contra el bien del hombre y la vida. Este panorama es de suyo preocupante e inclusive mayormente peliagudo, cuando observamos cómo hoy se hace sentir -de manera oficial y oficiosa- la intención de “legitimar” monstruosas simplificaciones en materias tan delicadas como el aborto, la eutanasia, el manipuleo genético, la eugenesia, el sexismo, etcétera.

Pero volvamos al tema central.

Sugerí que en los años 80 se respiraba en Chile un sentimiento nostálgico en favor de la democracia. Dije, también, que no era difícil comprobar como, en esos días, sectores ingentes de su población demostraban haber incubado una importante expectativa ilusoria respecto de lo que efectivamente era dicho régimen político. En verdad, no existía nada en contrario que evitara el desarrollo de tal expectativa, pues quienes detentaban el control del gobierno en aquel entonces, sostenían formalmente el mismo propósito: restablecer el pleno ejercicio de la soberanía popular.

Los unos -a la sazón- hablaban de retornar a la democracia sin mayores dilaciones. Los otros -esbozando una especie de contrapunto-, exponían la necesidad de dar forma a “un sistema democrático protegido de sus enemigos”. Ciertamente estábamos enfrentados a un antagonismo difícil de superar.

Sin embargo, el plebiscito de 1988 dio la pauta a seguir. Hoy -a casi 16 años de sucedido estos hechos y tras sucesivas reformas constitucionales-, la tan “ansiada añoranza por la democracia” se ha ido consumando. Lo digo sin sorna, pero sí haciendo notar cuán peligroso resulta generar esperanzas quiméricas en la gente. Faltaría aún -para que las cosas sean casi idénticas a antaño-, que se termine con el sistema binominal. En cualquier caso, esa reforma de la Constitución Política está en camino y, más temprano que tarde, debiera emerger como otra de las “innovaciones” que la ciudadanía habría esperado con real interés. En suma, advertida o inadvertidamente, se ha venido reconstruyendo -in integrum la tan “zarandeada” democracia formal previa a 1973.

Estimo por tanto que ya es hora de delinear un análisis más profundo acerca de la intrincada “trama” que tenemos ante nuestros ojos. Cabe reconocer, por lo demás, que la vuelta al sistema democrático fue “vendida” al pueblo como una “solución absoluta”, algo muy similar a lo que paralelamente sucedió con la economía de mercado. A ambos constructos, por consiguiente, se les expuso a modo de “ideologías de hecho”; esto es, como proyectos que todo lo resuelven, al menos en el papel.

En este sentido, no está demás consignar que los chilenos hemos vivenciado el papel mistificador que regularmente cumplen las ideologías. Esto, de manera específica, en cuanto a cómo obnubilan la posibilidad de aprehender lúcidamente los fenómenos que nos rodean. Sabemos, asimismo, que cualquier compromiso con ellas nos introduce en un terreno sumamente riesgoso, porque no tardará en llegar el minuto en que los porfiados hechos hagan sentir su  mano pesada y den lugar, como es dable temer, a que la decepción colectiva exprese toda la magnitud de su desencanto con una rudeza impredecible.

Tengo muchas razones para estar suficientemente persuadido en cuanto a que no hay nada más infausto que una muchedumbre pesarosa, decepcionada. Máxime cuando aquella siente que la idea que le “vendieron” resultó ser un burdo fuego fatuo: la típica frustración que suscitan las ideologías (Fumun Vendere: “vender humo o hacer vanas promesas”), no siendo éste el único perjuicio que suelen provocar, ya que cuando aquéllas se instalan en todos los ámbitos de la práctica cotidiana, inexorablemente incrementan la intransigencia y el maniqueísmo, eternos elementos que subyacen en las discordias, los enfrentamientos y las oposiciones a ultranza.

Una vez más corresponde tener presente a Aristóteles. Ante todo porque este gran filósofo, por sobre los preceptos teóricos y doctrinarios que eventual y contingentemente sirvan de inspiración a una determinada política (ideologías), nos hace ver que cualquier tipo de gobierno es bueno. En la inteligencia, claro está, de que aquel respete la felicidad, el bien y utilidad de todos. Entonces, según sus palabras, el régimen monárquico puede perfectamente desembocar en una tiranía. El aristocrático, a su vez, en ignominiosas deformaciones oligárquicas. Mientras que una democracia, para no quedar en zaga, en la ya consabida demagogia. Todos, sin excepción, tienen su “talón de Aquiles”.

Consecuentemente, ningún estilo de organización política está libre de llegar a conformar la más nauseabunda forma de gobierno, o dicho lacónicamente, parir una mala sociedad donde impere la injusticia. Por eso, a quienes hoy se hacen parte -supongo sin mala fe- del “paroxismo democratista dominante”, conviene representarles lo que sostuvo el mismo Maritain hace ya algunas décadas: la tragedia de las democracias modernas -dijo- es precisamente no haber podido realizar la democracia. De suerte tal, que dicho régimen de convivencia, no está en condiciones de asegurar que los ciudadanos accedan a los beneficios propios de un buen gobierno: un aspecto a tener siempre en cuenta. Y es más: si una estructura gubernamental pierde de vista el bien común -o sea, cuando desnaturaliza su mismísima esencialidad-, simplemente se encuentra condenada a derrumbarse en el tiempo. O, como reza la sabiduría popular, “no hay mal que dure cien años”. 

Por eso, cuando hoy suscribimos una categórica simpatía por el sistema democrático, no podemos menos que tener presente su indefensión extrema. Y más aún: si en nosotros existe la voluntad de defenderlo como un bien superior que nos interesa preservar incólume, nada parece ser más negativo que justificar sus desvaríos. El tráfico de influencias, la corrupción, la denigración de las personas sobre la base del rumor (¡Si no habré yo conocido de ese tipo de bajezas…!), el favoritismo partidista, la mentira, la apropiación de lo ajeno (robo), las “extrañas afinidades” -o mafias- que se agrupan en cualquier instancia del poder actuando para sí y en desmedro de otros, el nepotismo, la intolerancia, “el cesarismo ofensivo y narcisista” con que ciertos políticos asumen la función pública, el culto a la personalidad, los procedimientos sectarios, la acción nefasta de los ofertantes populistas, y sobre todo la prepotencia de los mayordomos de palacio que buscan hacer méritos ante el “patrón de turno” instalado en La Moneda, etcétera, son simplemente males que terminarán por desacreditarla. Más grave es cuando se cae en el sofisma indignante de calificar a esta conjunción profusa de actos inmorales como “políticamente correctos”, transformándoseles -dentro del pervertimiento obvio que trasunta dicho “raciocinio”-, en justificables y justificados. Viciosa inferencia efectuada al conjuro de un principio que todo lo cubre y encubre: la democracia.

Hacer entonces la vista gorda ante este tipo de excesos -bajo el pretexto de que no es bueno ventilar ciertos asuntos ante la opinión pública, porque con ello se desprestigia al sistema-, es una falacia impresentable por donde se le mire.

No menos luctuoso es cuando determinados jerarcas del Estado, “golpeando la mesa y a voz engolada, nos recuerdan insistentemente que somos partícipes de una democracia. Con esto -aparte de traslucir lo dudoso que es su “compromiso” en pro de esta forma de convivencia-, convierten su sola mención en una monserga que termina por fastidiar hasta a los más estoicos. “¡Porque estamos en democracia…!”, se dice en una tonalidad altisonante, que habitualmente emerge para justificar algún acto de desidia protagonizado por alguna “figura” ligada al poder. También se suele oír: “La gente tiene derecho a expresarse…!” Y quienes hayan salido perjudicados con aquel “ejercicio de libertad” que por lo regular no son más que acciones típicas de un tropel vandálico-, deberán aceptar los daños que se les hubiese infringido. Esto, desde luego, en nombre de la democracia.

Tales jerarquías, en definitiva, compensan con la forma, aquello que por su misma debilidad y falta de convencimiento, no son capaces de afrontar en el fondo.

¡He aquí entonces cómo el término democracia por poco ha derivado en un exasperante “prurito”: una especie de manía próxima a la estereotipia, que en su deformación encarna atributos absolutamente alejados del sentido más loable que en rigor podemos adscribirle…!

A mayor abundamiento: cuando de pronto hoy somos testigos de aquellas histriónicas apologías que declaman sobre las bondades del sistema democrático, y enseguida sus propios epónimos echan mano a todo un artilugio retórico para “justificar” las irregularidades que ocurren en su interior, lo que desde ese mismo instante se realiza, no es sino una activa contribución a su propio aniquilamiento. Esto debido a que no estaría dada la voluntad ni el compromiso necesarios, para, en términos prudenciales, materializar los propósitos elevados que le sustentan; cediéndosele así todo el terreno a la amenaza más silente que actualmente se cierne sobre ella: el “democratismo”. Flagelo insidioso que corroe solapadamente los cimientos en que reposa, y que, por último, fomenta su descrédito.

Se supone entonces que hoy convivimos en una estructura política democrática y republicana: un factum que sugiere grados de participación y control sobre el poder por parte del pueblo. Mas -sin dejar de lado las premisas fundamentales que universalmente definen dicho sistema-, estimo pertinente admitir una realidad que se instala a modo de una representación colectiva en el sentir de los gobernados: en las democracias formales, el ciudadano participaría -única y exclusivamente- en el procedimiento de a quién colocará en el poder. Por consiguiente, el voto es hoy un factor clave -y más que clave, principal-, de ingreso efectivo en la vida política. De esa manera, el acto eleccionario termina inexorablemente por sustituir a la voz u opinión de la gente. Esta circunstancia los políticos la conocen de sobra y por eso -antes que cualquier otra cosa-, les importa sobremanera ser funcionales al eventual pronunciamiento ciudadano en las urnas (a los pueblos, en este contexto, les calzaría mejor el apelativo de…“los votantes”). ¿Y qué sucede entonces con la voz u opinión de las personas? Pues bien, ésta, en términos fácticos, ¡no cuenta ni interesa…!: un antecedente muy triste, si queremos calificarlo de un modo suave.

Por otra parte, los centros en donde se consuman las grandes decisiones administrativas, son percibidos cada vez más lejanos desde el prisma del hombre común. Por tanto, el intercambio comunicacional entre aquellos que se encuentran ejerciendo el poder y el grueso de la población, tiende a hacerse progresivamente más difícil o, en pocas palabras, menos fluido.

Desde luego que los políticos -llegada la hora de las elecciones-, demuestran una grandilocuencia impactante. Pero, finalizadas éstas, esa misma grandilocuencia se rinde ante los fríos datos macroeconómicos. Entonces, el ser humano promedio, se reencuentra con su soledad eterna, sintiendo, al mismo tiempo, que ha sido un mero instrumento de intereses muy distintos a los suyos. Sabe, también, que no le queda más alternativa que aguardar hasta los próximos comicios  electorales, para, al menos por un tiempo, tener la posibilidad de ser aparentemente oído.

Desde esta perspectiva, el poder se justifica por el poder en sí mismo. Quienes se aprovechan de él, sólo anhelan mantenerlo; y aquellos que aspiran a su posesión, parecieran no diferir en lo sustantivo de los primeros: una realidad grave y poco edificante intuida por los votantes. Realidad que explicaría, en buena medida, el desinterés creciente que suscitan la política y los políticos en todo lugar.

Tenemos así, frente a nuestros ojos, un escenario que no puede ser más desolador para la democracia, porque los elementos anteriormente descritos, propician que en la masa ciudadana tomen cuerpo sentimientos intensos de powerlessness, los que, por cierto, no auguran nada auspicioso. Más todavía, si ya sabemos que dicho estado emocional suele provocar dos tipos de conductas, las que, por desgracia, son completamente indeseables. La primera -de la cual ya  tenemos  indicios  claros-, es la apatía frente a la cosa pública. La segunda -que debiera preocuparnos aún mayormente-, la constituye el descontrol y la violencia, que se manifiestan por medio de la aparición de grupos que transforman sus barriadas en territorios impenetrables: una especie de país aparte, donde, de alguna manera, “realizan a voluntad su propia democracia”. 

He insistido suficientemente en cuanto a que el ansia por volver a un régimen político fundado en la soberanía popular -situación que brotó en Chile en la década del 80-, tuvo en la población juvenil un protagonismo importante. Hoy, al contrario, esos mismos estratos sociales se inclinan por marginarse de aquellas instancias cívicas, cuando, en efecto, se les convoca para elegir a sus autoridades. Es prácticamente un hecho que los jóvenes -ahora- se muestran más indiferentes, más desilusionados y hasta presos de una cierta indolencia.

Esta señal de la juventud incita a que los políticos “teoricen” sobre las causas que determinarían tal desinterés (nadie menos indicado para “teorizar” que un político, digo yo). Y por eso, con relativa asiduidad, les escuchamos decir que es indispensable “reencantar” a esos sectores respecto de la cosa pública. Grave error, a mi juicio, ya que el “encantamiento” puede rápidamente derivar en decepción. Esto, debido a que psicológicamente correspondería a un estado de estrechez de conciencia: una especie de embeleso afectivo, que impide ver las cosas en su magnitud real y que muchas veces responde a motivaciones constreñidas por lo circunstancial. Este es, en esencia, el intríngulis en que se encuentra nuestra democracia. Muchos de los que se «encantaron” con ella, en tanto y cuanto se les expuso como una “ideología” opuesta al sistema autoritario en que vivíamos, hoy se sienten francamente excluidos de la participación que les fue ofrecida como una promesa venturosa.

Entonces, ¿qué nos corresponde hacer ante una “escenografía” tan cargada de proyecciones oscuras?

Creo, en pocas palabras, que es necesario afrontar lo que ocurre con una actitud que privilegie la responsabilidad ciudadana, y que por tanto aborte aquel tipo de parafernalias efectistas a que son tan adictos los enemigos de la democracia. Consecuentemente, no veo otra alternativa que no sea la de educar -y educar sin embozos- en referencia a lo que el sistema democrático realmente es, haciendo ver, sin ocultación alguna, la magnitud de sus crasas debilidades. Urge desarrollar una cultura cívica que permita al pueblo distinguir la demagogia, el populismo y todo aquel acopio de peligros que “ponen en jaque su sanidad”. 

Existen ideas muy antiguas que, curiosamente, cuando las traemos a la palestra hasta nos pueden parecer novedosas. Una de ellas es la probidad de los funcionarios públicos, requisito donde la clase política tiene que destacar como ningún otro sector de la organización social. ¿Cómo “andamos por casa”?

A su vez, en una democracia -y más exactamente en la configuración misma de cualquier Estado de Derecho-, la existencia de poderes políticos inequívocamente independientes resulta ser un requisito insoslayable. Por consiguiente, nadie, y ni siquiera por un instante, debiera caer en balbuceos o cavilaciones, cuando, en la forma que fuere, exista la intención de administrar medidas que apunten al establecimiento de un Poder Judicial inexcusablemente autónomo. En más de alguna ocasión, por ejemplo, hemos sido testigos del espectáculo penoso que significa observar las “irrisorias” tribulaciones padecidas por algún personero de la judicatura, ante la perspectiva de que la Primera Autoridad de la Nación tenga que comparecer ante los tribunales de justicia. Esto es algo que no puede seguir ocurriendo, porque si aquello persiste “legitima” en los hechos una práctica ajena a todo buen sentido: que el gobernante en plena posesión de su cargo, adquiere un estatus que le transforma en un ciudadano de otra clase, situación que en un sistema democrático de verdad, no puede sino ser vista como una caricaturesca quínola.

¿Tenemos alguna certeza en cuanto a que nuestro régimen democrático y republicano hace automáticamente espurio aquel tipo de episodios?

Parece necesario recordar que el ciudadano que ejerce la Primera Magistratura del Estado -a quien por supuesto todos debemos el debido respeto-, no por ello se exime de los deberes y derechos que competen a cualquier empleado público de la Nación.

Si por consiguiente se diera el caso de que existan presunciones fundadas sobre irregularidades cometidas por algún agente del Estado -cualquiera éste fuere- la justicia tiene que actuar “ciegamente, abstrayéndose de las investiduras.

¡Que caiga quien caiga…! -una consigna acaso demasiado invocada en el último tiempo-, es pues un imperativo de higiene pública a imponer íntegramente en cualquier régimen político (y principalmente en un buen gobierno). Más todavía -creo- si se trata de un sistema al que se le califica fundado en la soberanía popular. Aquel florido conjunto de declamaciones pro democráticas con que se nos “bombardea” a diario, no pueden ni deben ser un mero recurso retórico demagógico. Deben y tienen que ser, por el contrario, una realidad que se materializa convincentemente ante la mirada de cualquier observador no comprometido…!

Si los procedimientos anteriormente mencionados no operan en los hechos, significa que los gobernantes estarían sujetos a responder por sus actos sólo cuando ya no se encuentran en el ejercicio del poder. Y en esa eventualidad, lo más probable es que en vez de impartirse justicia, se dé paso a una suerte de “vendetta legal” patrocinada por el gobierno del momento.

Insisto en la necesidad de independizar al Poder Judicial del Poder Ejecutivo. En tanto el primero, y en esas condiciones, se constituye en un requisito sine qua non para hacer viable cualquier régimen de gobierno fundado en la soberanía popular.

Todas estas consideraciones -que intento aquí exponer trascendiendo lo contingente-, desprestigian irremediablemente a este régimen político y, más que eso, dejan al desnudo su enorme debilidad. También, en medida importante, ayudan a entender el incremento de determinadas actitudes que cobran fuerza preferentemente en sectores significativos de la juventud. Puede, desde luego, que estas inconsistencias no sólo expliquen la apatía general que se observa en esas capas de la sociedad, sino que, asimismo, hagan mayormente comprensible por qué la imagen de la clase política va paso a paso deteriorándose. ¿O alguien tiene dudas en esto?

En conclusión:

La democracia es una forma o, más bien, una hermosa idea que linda con la utopía.

Su realización total, por ende, significa un genuino imposible, no debiendo nadie caer en la temeridad de concebirle como el único y último método de convivencia que la creatura humana pueda darse a sí misma.

Entre sus principales falencias, el propio Aristóteles nos hizo presente que se trata de un sistema de gobierno frágil y muy expuesto a la acción de los demagogos.

Otro de sus problemas -y por qué no decirlo, el más actual- reside en que constantemente se le invoca a la manera de un constructo ideológico, dando pie para que asuma el carácter de una nueva panacea, la cual, “vendida” al pueblo como una “solución” para todos los males, comúnmente termina por no resolver nada, provocando así mayor desesperanza, resentimiento y ansias catárticas.  Sin embargo, lo que en mí parecer reviste aún mayor gravedad, es que hoy a los sistemas democráticos de gobierno, no sólo se les intente presentar como íntima y matrimonialmente ligados al pensamiento relativista escéptico, sino que también a cualquier tipo de exégesis agnóstica. Con ello se busca hacernos creer -con cierta mala fe, intolerancia y algún ánimo inquisitorio-, que el primer requisito que debe distinguir a un ciudadano demócrata genuino, es no creer en ninguna verdad; y menos, por “lógica” derivación, comprometerse con algún enfoque que considere indefectiblemente verdadero en sí mismo. Por eso, desde esta perspectiva, se descalifica a quienes adhieren con firmeza a ciertos principios, como también a los que se atreven a afirmar que la verdad no es patrimonio exclusivo de las mayorías, o, de manera aún más concreta, que ésta no depende de los equilibrios políticos.

En definitiva: una democracia sin valores puede perfectamente convertirse en un totalitarismo visible o encubierto. Hecho que demuestra la historia a cada instante, puesto que el sistema democrático no sólo es un método de convivencia política, sino que tiene en sí mismo un valor ético, que se apoya en la dignidad de la persona humana y en la libre expresión de su conciencia.
Un auténtico Estado Democrático debe conciliar verdad con libertad, sobreponiéndose así al absolutismo de un Estado Totalitario, que siempre intentará imponer un “pensamiento” oficial (escribiendo incluso una historia a su medida), y al relativismo de un Estado Liberal, que de suyo niega la verdad. En mi opinión, si no se concibe la existencia de una verdad última -que asome como una estrella lejana que guíe y oriente el accionar político-, en tal caso las ideas y convicciones humanas pueden ser fácilmente manipuladas para fines bastardos de poder.

Por todo esto, viene al caso recordar la honestidad sin parangón del filósofo francés, de origen judío, Henri Bergson (1859-1951), quien, hacia 1922, sostuvo que “la democracia es de esencia evangélica”. 

Y en otro contexto, Henry A. Wallace, político protestante -cuando a la sazón ejercía la Vicepresidencia de Estados Unidos de América en la década del 40-, no titubeó en afirmar que el régimen democrático “es la única expresión política verdadera del cristianismo”. Ello coincide plenamente con el pensamiento de Jacques Maritain (1882-1973), el filósofo cristiano más egregio de nuestro tiempo, quien, en esta misma línea, expresa que la democracia “como régimen social de justicia y de igualdad, es la fructificación temporal del evangelio”.

Vivimos en un festín “ democratista cuyos efectos comienzan a notarse. Ojalá no sea demasiado tarde para corregirlos. ¿O alguien duda acerca de que Sodoma y Gomorra existieron?

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6 thoughts on “CHILE: Desde su criticada democracia formal -o “burguesa”- hasta el actual festín “democratista”. ¿Y después qué?

  1. Antonio Caldara Hein says:

    Hace algunos años escuché a un Presidente de Chile proclamar: iEstamos avanzando con la verdad de las mayorías…! La expresión me sonó un tanto extraña.
    Al leer este notable ensayo, se me clarifica tal disonancia con mucha fuerza.
    El “democratismo” nos ha “vuelto locos”. Y ahora la decepción nos sobrepasa.
    El sistema democrático tiene muchas falencias y se encuentra sumamente lejos de la perfección en la práctica.
    iQué bueno sería que este ensayo se difundiera! Pero eso es mucho pedir en un país donde existe una TV manipuladora. Sólo queda la esperanza que nos dan algunas radios.
    Ha sido para mi una sorpresa muy grata encontrar esta página; y le hago llegar mi gratitud a su autor.
    Antonio Caldera Hein

  2. Eliana Schmith Aubel says:

    Este análisis debieran leerlo los “señores” del Congreso. Aunque, con las excepciones de caso, dudo que tengan una mínima disposición intelectual para aprehender su esencia y sentido.
    Agradezco y felicito a su autor. Brillante.
    Eliana Schmith Aubel

  3. Carmen Müller says:

    My gratitud to Sergio Rey M for this excellent analysis written in 2006 that shows us the weakness of Democracy, And I hope that this essay will be fully disseminated for the sake of countries that love freedom.

  4. Juan Pablo Trisi says:

    Este planteamiento nos pone en alerta respecto de que ninguna forma de convivencia es mejor. El sistema democrático es sólo uno más. Y peor es cuando se le “vende” como ideología.
    Eso ocurre hoy. De ahí tanta decepción.
    Su planteamiento merece una amplia tribuna. Felicitaciones.
    Saludos cordiales. J.P.

  5. Raúl Bueno says:

    Es un análisis digno de ser publicado en un diario de nivel pluralista. Me temo que en Chile no existe. Porque los empresarios y periodistas no poseen ningún nivel ético. Cada uno por sus intereses y sueldos.
    Espero nuevas publicaciones en esta increíble página.
    Saludos al autor. Y siga adelante…
    Raúl

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