Crítica

Respecto del “Lenguaje de los Jóvenes”: Análisis de los vocablos “flaite”, “mamón” y “fashion”.

Del libro: RESPECTO DE…
Editorial Atelí. Punta Arenas, Chile.2008.
Prologado por Mateo Martinic Beros: Premio Nacional de Historia y Premio Bicentenario.

Está a la vista que una parte no despreciable de nuestros jóvenes, se comunican entre sí mediante un lenguaje sui géneris. E inclusive, amén de los giros y liviandades inherentes a cualquier expresión jergal, se aprecia que este grupo ha hecho suyo un vocabulario que le distancia de vastos sectores de la sociedad.

Hoy, en definitiva, suele hacerse mucho más difícil entender -ipso facto- lo que la juventud manifiesta espontáneamente a través del verbo.

De este modo, estimo importante adentrarnos en los alcances psico-sociológicos que envuelve dicha modalidad lingüística, sin dejar de lado, por cierto, la opción de acceder -hasta donde fuere factible-, a la etimología misma de algunos términos claramente adscritos al léxico juvenil en boga.

Para tal propósito, entonces, elegí deliberadamente tres voces muy usadas en la actualidad; las cuales, a mi modo de ver, ameritan un tratamiento preferente. Estas son flaite, mamón y fashion.

Me referiré, en primer lugar, al apelativo flaite. Ya que éste, dicho sea de paso, se oye especialmente en el ámbito universitario.

Todo apunta, en efecto, a que el vocablo flaite representa un típico barbarismo. Pues se trataría de un término extraído de una lengua foránea. De ahí que algunos sustenten la idea de que su origen se relaciona con fly (“to fly”, voz inglesa: volar). No obstante -y de modo paralelo-, otros consideran que deriva de “fighter”, del juego de peleas “street fighter”.

Aparte de las hipótesis anteriores, tampoco puedo desconocer el juicio de quienes, a su vez, enuncian que el vocativo flaite proviene simplemente del coa (replana muy utilizada en el “bajo mundo”); ya que los reclusos llaman “flayti” (“fly”, voz inglesa: mosca) al protagonista de una equivocación notoria. O sea, expresado en un lenguaje exento de eufemismos, a aquella persona que cometió una gruesa “metida de pata”.

Pero, a partir de estas lucubraciones de orden etimológico, surge de inmediato una pregunta:” ¿qué se entiende efectivamente por flaite en la praxis cotidiana?

Veamos…

El vocablo flaite, sin duda alguna, posee un patente dejo despectivo. Puede por tanto atribuírsele, y sin gran riesgo, el carácter de un genuino insulto. Sin embargo, lo que tal vez reviste mayor gravedad, es que este presunto barbarismo no hace sino desembozar el ínsito rechazo que en mucha gente suscita la denominada marginación social. Ser calificado de flaite, en consecuencia, ofende, segrega y desacredita; ya que el simple bisbiseo de aquella palabra, evoca sucesivamente una imagen en nada edificante: la de un vándalo “sin Dios ni ley”, la de un alcohólico precoz u ocioso consuetudinario, como, asimismo, la de un conspicuo partícipe en las poco prestigiosas “barras bravas” futboleras.

Por consiguiente, el “personaje” denominado flaite sería una especie de encarnación “actualizada” de lo que Marx llamó lumpen; sin desconocer, desde luego, que al primero -debido a los avalares propios de la historia, ironizo-, correspondería también adscribirle cierta “renovación en los contenidos intelectuales que sustentan su pseudo-ideario”.

Esto último, quizás, entregue luces acerca de por qué un flaite -cuando debe comparecer ante la justicia a raíz de sus consabidos desmanes-, no hesita en echar mano a cualquier eslogan que conmueva las sempiternas buenas intenciones de algún “progresista” cándido. Por eso, si se le pregunta, ¿cuál es el fundamento de su actitud tan abiertamente antisocial?, éste, sin más ni más, esgrimirá que actúa de esa manera porque el sistema donde vive no le entrega oportunidades; aun cuando, dentro de sus “proyectos existenciales”, nunca cupo la opción de ejercer una labor honrada.

A un flaite, claro está, le resulta quimérico madrugar. Menos entonces estará disponible para involucrarse en actividades que pudiesen redituarle una vida digna. Gran parte de ellos vegeta a expensas de su “mamita”, como, también, de las “ganancias” que les reporta la “venta” de algunos hurtos. Otros, simplemente, subsisten del “comercio” de pasta base, marihuana o del atraco a algún “borrachito” que se aventuró por calles desconocidas.

¡Esto significa ser un flaite en nuestra realidad social…! Es, posiblemente, el modelo más representativo de una existencia aciaga; la cual, por desgracia, ha llegado a consolidarse como un patético icono del tiempo que vivimos.

En consecuencia: debemos estar muy conscientes respecto a que el advenimiento del flaite, configura por sí solo un fenómeno sociopolítico preocupante; porque, en lo principal, dicho “personaje” reúne fatalmente todas las condiciones para incorporarse -y con ello incrementar-, cierta marginalidad carente de norte: un estrato social donde cunde la desesperanza; y que, para peor, presiente que el resto de la población únicamente anhela tenerle a la mayor distancia posible.

Es bueno también considerar que en Chile -y de seguro en todo el panorama suramericano-, se viene desde hace varios decenios haciendo uso y abuso de un discurso político pletórico de reivindicaciones sociales. Dicho discurso -que insufla las inequidades existentes en esta parte del orbe-, contrasta con lo que posteriormente se lleva a cabo; ya que, llegada la hora de las decisiones, poco o nada ocurre a favor de resolver tamaña ignominia.

Teniendo a la vista tan infausto escenario, resulta comprensible que se acreciente un ambiente propicio para el protagonismo insolvente de los demagogos de turno, quienes -de preferencia en los períodos electorales-, utilizan todo tipo de martingalas a fin de conseguir lo único que les interesa: que los electores sufraguen por ellos, sean flaites o no.

En cualquier caso, admitamos que el susodicho flaite encarna lo más espurio de una sociedad enceguecida por la autocomplacencia; a mayor abundamiento: una sociedad que “no tiene agallas” para afrontar, incluso, aquellas cuestiones que pudiesen poner en peligro su natural desenvolvimiento intestino.

Por lo demás, la historia nos ha enseñado, una y otra vez, que si un orden social “hace la vista gorda” ante la eterna noche que azota a ingentes grupos “supuestamente albergados” en su interior; ese mismo orden social -debido al persistente carácter insolidario que destila-, terminará por comprometer su futura perdurabilidad en el tiempo.

Dada esta escenografía, el ascenso y protagonismo de un “personaje” en el estilo de un flaite, no puede menos que representar un reto que ninguna organización humana debiera darse el lujo de pasar por alto; salvo que en ella prime una profunda tendencia masoquista o proclive a la autoaniquilación.

En suma, tenemos por delante un tremendo desafío: detener la hasta hoy aparentemente incontrolable multiplicación de esta “figura” llamada flaite, como también -y de seguro, después-, transformar a los ya existentes en cabales ciudadanos. Difícil tarea, sin duda, pero al mismo tiempo insoslayable, sobre todo si se tiene en cuenta que está en juego la supervivencia misma de la organización social que los ha parido.

Ahora me haré cargo, en segundo lugar, del vocativo mamón.

Por lo pronto, recordemos que el diccionario de la Real Academia Española -en sus acepciones pertinentes-, registra mamón como: 1. “Que todavía está mamando. 2. Que mama mucho, o más tiempo del regular.

No obstante, lo que aquí de verdad importa, no es otra cosa que establecer el significado concreto que esta palabra adquiere en el diario acontecer.

Pareciera que no existe mayor dificultad para convenir que el vocablo mamón resume una actitud ostensiblemente crítica hacia un tipo de comportamiento circunscrito al género masculino: el casi “umbilical” apego de un hombre adulto al influjo materno.

Tal vocablo, entonces, emerge como un llamado a capítulo dirigido hacia la persona de un varón falto de empuje, o, dicho en forma más piadosa, contra aquel hombre que diere señales objetivas de no saber manejarse ante ciertas dificultades, y, principalmente, cuando no cuenta con el amparo directo de una autoridad femenina, que en lo posible personificare la figura de su madre ausente.

Esto, en lo sustancialmente   inmediato, debiéramos entender por mamón. Se trata pues de un vocativo que pondera negativamente el vínculo madre-hijo y, por consiguiente, sus amplios efectos psicológicos ulteriores.

No obstante, si examinamos detenidamente el significado de mamón que suele aquí utilizarse, confirmaremos que éste no se aparta -al menos en términos literales-, de lo que estipula la Real Academia de la Lengua. Sólo que en nuestra local acepción, se lleva a un extremo los eventuales alcances conductuales que acarrea una dependencia excesiva del hijo varón-adulto, respecto del regazo materno.

Ubicándonos entonces en este contexto, es un hecho palmario que los chilenos atribuimos al epíteto mamón un sello rasamente denostador. Lo que confirma, en buena parte, que de alguna manera hemos incorporado -ad intra- un arquetipo muy poderoso: cual es que todo signo de ligamiento del hijo varón-adulto a la figura materna, le adscribe automáticamente al primero, el “aire” característico de un redomado blandengue.

A su vez, estimo intelectualmente deshonesto cerrar los ojos ante una realidad inconcusa por donde se mire; porque, en el último tiempo -¡y no exagero!- tal vez nadie haya podido librarse de un “bombardeo” mediático incesante; el cual -a través de una perorata llena de lugares comunes-, nos obliga a conceder, por poco sin posibilidad de oposición, que vivimos a merced de una cultura irreductiblemente machista.

Frente a este “automatismo retórico” -tan rutinario como no libre de estulticia-, estimo sobremanera erróneo adoptar una postura aquiescente; toda vez que la recalcitrante pertinacia que revela dicha “retórica”, supone el claro influjo de un sustrato doctrinario inflexible: quizás la quintaesencia misma de las llamadas ideologías de género.

Aclaro, desde ya, que no está en mi ánimo desconocer que el mundo femenino siempre ha recibido un trato discriminatorio en el ámbito laboral; y que ese trato, desde luego inaceptable, legitima cualquier iniciativa tendiente a resolver dicha injusticia.

No obstante, cuando sopesamos la estirpe afrentosa que denota el vocablo mamón, podemos advertir que éste no hace sino dar fe de un convencimiento muy anclado en nuestra conciencia colectiva. Convencimiento que, en el caso del hombre, aflora como una negación destinada a expeler de su pre-conciencia, cierta imagen definitivamente desestabilizadora para sí: “que su madre, tal vez antes de tiempo, pudiera haberle sustraído de las irreemplazables bondades de su pecho”.

Se trata, por un lado, de una virtualidad psicológica que perturba las expectativas autárquicas gratuitamente adjudicadas al rol masculino, como también, por el otro, contribuye a convertir al varón en un ser más frágil, vulnerable y falto de entereza.

De ahí que el hombre necesite anticiparse a cualquier forma de concienciación que le llevare a atisbar tan poco venturoso trasunto; y para dicho propósito, nada mejor que no admitir, ni siquiera como una mera fantasía, toda posibilidad de tener que “cargar con la impronta de quien se siente víctima de un destete anticipado”.

Tan intrincada mecánica psicológica -a raíz de las derivaciones y simbolismos que trae consigo-, explicaría en gran medida la exquisita sensibilidad del varón para asumir una actitud inequívocamente contestataria ante sus pares de género. Esto, más que nada, cuando intuye en ellos la semblanza característica de un mamón. Semblanza que rechaza in integrum, porque, de una u otra manera, presiente que no resuena con el concepto de “hombría” ya estabilizado en su propio fuero interno.

En el caso de la mujer -quien igualmente se vale del vocablo mamón para reprochar al sexo masculino cualquier indicio que estimase disonante con su rol-, acontece una realidad distinta. Puesto que ella generalmente menosprecia en el hombre ciertas actitudes que le impresionan como “calzonudas”. No obstante -y tal vez de manera inconsciente-, no esquiva y menos le incomoda ejercer una especie de amparo materno filial sobre éste; sin dejar de transmitirle, desde luego, que continúa siendo un dechado de testosterona a carta cabal, o, en su defecto, que no ha perdido su condición de “macho recio”.

De ahí que no me sume a la idea de quienes establecen, sensu stricto, la existencia de un acervo machista incontestable en nuestro entorno cultural. Creo, más bien, que el “baronem chilensis ” pende en forma significativa de la figura femenino-materna: un rasgo característico que le cuesta muchísimo reconocer de manera espontánea, pero que, finalmente, debe “aceptar” en razón del peso de los hechos.

Huelga decir, al mismo tiempo, que la arquetípica dependencia que aquí postulo, no sólo ocurriría frente a la mujer puesta en su rol de madre, sino que también en el de esposa. E incluso, a veces, hasta creo visualizar una escena presuntamente “aterrorizadora” para cierto sector de la masculinidad: que su cónyuge, más temprano que tarde, terminará por asumir el papel directivo que otrora tuvo su propia “mamá”.

En resumen: estamos inmersos en un entorno sociocultural donde ambos géneros esgrimen, en forma indistinta, el término mamón. Pero este se alza como un reparo -desde luego no menor- que apunta única y exclusivamente contra el hombre.

De hecho la mujer lo espeta para denunciar -acorde con su particular expectativa-, un estilo de comportamiento que estima indebido para el “sexo fuerte”. En cambio -en el caso de surgir por boca del varón-, podemos hipotéticamente interpretarle como una argucia supletoria a la que éste echa mano, para así “abortar” de su pre-conciencia cualquier remembranza que a priori le haga sentirse un “destetado”. Sería, en efecto, una conducta escapista, compensatoria: un dique para contener esa suerte de “cojera psicológica” relativamente oculta, pero no por ello menos arraigada en las profundidades más arcanas de la conciencia colectiva del género masculino.

A su vez, aquel hombre que estuviese más propenso calificar de mamón a otros, casi de seguro que asume esa actitud ofensiva para encubrir su propia carencia materna; siendo esa forma de proceder, por tanto, una manera de demostrarse a sí mismo -aunque fuere valiéndose del autoengaño-, que no carga sobre sus hombros un peso que presiente corrosivo para su autoestima.

Concluyo entonces que en nuestro medio hemos venido repitiendo, y casi sin darnos cuenta, una “argumentación” destinada a ocultar cuán dependiente resulta el hombre de la mujer. Ya que el mero sentido común nos sugiere que lo es, en primer lugar, de su madre; como también, un poco más tarde, de su mismísima esposa: una cuestión real que suele disfrazarse mediante mil artilugios, pero que en modo alguno constituye una invención antojadiza. ¿O no…?

Intentaré desentrañar, en tercer lugar, cual es el sentido exacto que alcanza el término fashion en el eloquio de cada día.

En verdad, la aparición de esta palabra resulta poco menos que asombrosa. Esto, más que nada, porque se trata de una voz que para los angloparlantes significa “moda o manera”; y que en castellano, curiosamente, evidencia una clara modificación de su propia categoría morfológica.

A lo anterior debemos agregar que fashion -en la idiomática inglesa-, puede constituir tanto un sustantivo, cuanto también un verbo (to fashion=formar, hacer, adaptar o forjar). Mientras que en nuestro hablante, y sin remilgos de ninguna especie, prácticamente le hemos incorporado como un nuevo “adjetivo” del repertorio de la Lengua.

De ahí que en el intercambio conversacional inherente a la cotidianidad, suela oírse, por ejemplo, “que unos pantalones son fashion”, -o dentro de esa misma tónica-, “que cierta corbata no lo es en absoluto”. Por otra parte, si comparamos el significado de fashion con flaite y mamón, constataremos que el primero de ellos jamás alcanza el tono manifiestamente denostador que predomina en los otros dos. E incluso, hasta podríamos consignarle como un epíteto a todas luces fútil; o sea, que su usufructo no constituye motivo de ofensa ni menoscabo para sensibilidad alguna. Esto tendería a ocurrir, al menos, en un acercamiento inicial al término. Sin embargo, conviene precisar que cuando a un individuo se le endosa el apelativo fashion, su significación pareciera restringirse a dos posibilidades. Una primera: que estamos en presencia de alguien que viste a la moda; y que, pese al infaltable livor que pudiera despertar, concita el reconocimiento generalizado de quienes le rodean. Y una segunda: cuando se hace escarnio -solapado o no-, de cierta persona que tuvo por propósito acicalarse mediante unas vestimentas presuntamente glamorosas; pero que -y desde luego sin proponérselo-, consiguió un resultado que se estima cursi o ridículo.

Esta última posibilidad, sin duda, comúnmente desencadena reacciones de mucho ludibrio en su alrededor; las cuales, claro está, delatan cuánto le importa a muchos la mera apariencia externa: un rasgo muy acendrado en nuestra idiosincrasia; y que hoy, a ojo de buen cubero, denota una hipertrofia de veras inquietante.

En este contexto, no parece imprudente colegir que aquella persona que invoque insistentemente el vocablo fashion, trasluce su inmensa predilección por todo lo que brilla, y, como producto de lo mismo, debiéramos suponer que se encuentra demasiado distante de otorgarle valor a la eseidad misma de las cosas. O sea, a ese acaecer inmaterial que trasciende nuestros órganos sensoriales; y que aparece, por tanto, como una fenoménica escindida de lo exclusivamente perceptivo.

A su vez, si nos ponemos a suficiente distancia del ambiente donde oímos con mayor asiduidad la palabra fashion, se nos hará todavía más patente que ésta posee un significado bastante parecido en cualquier latitud; sin desconocer, empero, que en ocasiones suele aquí utilizársele para delinear cierto arquetipo social: el del éxito y la prosperidad económica.

En tal sentido, fashion constituye una voz que pondera al máximo lo primero que se nos ofrece de un sujeto que tenemos frente a nosotros: su aspecto exterior; y, de acuerdo a cómo éste fuere percibido en ese acercamiento inicial, se deduce instantáneamente la integridad de su ser. Rige pues, en este caso, un modus operandi que contradice a ultranza el fondo mismo de una antiquísima y sabia moraleja: “que el hábito no hace al monje”. Ya que en esta circunstancia, es preciso entender justamente lo opuesto, configurándose así un dislate monstruoso; entiéndase el discurrir característico de todo procedimiento irreflexivo, cuyo despliegue se sustenta en cierta ideación intrínsecamente defectuosa: la de una pars pro toto (tomar la parte por el todo).

Cabe también tener presente que el vocativo fashion, resulta sobremanera funcional a los tiempos que vivimos: una época en que nadie puede desentenderse de los cánones impuestos por el imperio del marketing, el rating y otros métodos que ponderan el impacto mediático de las exterioridades (o fuegos fatuos). Admitamos, entonces, que si una persona se apercibe impelida a “vender” su imagen, resulta obvio que en dicha eventualidad -quiéralo o no-, su aspecto exterior cobra una importancia cardinal. Siendo esto tan cierto, que esa misma persona vivenciará, casi de seguro, estar indefectiblemente a merced de una normativa “legitimada” a modo de un verdadero “mantra”: que más vale lo que un individuo parece ser, que lo que éste realmente es. Se trata, desde luego, de un lema tenebrosamente hórrido; porque establece una suerte de “legalización” del llamado culto a las apariencias.

En resumen: hay razones bastante consistentes para concluir que el vocativo fashion, posee hoy mayor resonancia a causa de la cultura que se deriva del economicismo en boga. Ya que en el presente, sin duda alguna, difícilmente alguien logre desentenderse del ambiente gestado por el apogeo de una competitividad no exenta de asomos tribales o ventajistas; y por tanto no está en condiciones de contener una megalómana necesidad humana: la de imponerse a como dé lugar. Por consiguiente, requerirá también difundir su “éxito” ante quienes le circundan; aunque dicho “éxito”, desde luego, no sea más que un burdo montaje que cada cual “fabrica” para sí, y que por lo mismo no guarda relación alguna con el presunto “triunfo” obtenido.

He aquí entonces una penosa forma de “adaptarse” a la vida. Penosa, sobre todo, por el alienante costo que implica para la salud mental.

De acuerdo a esto, no es un despropósito suponer que este escenario alimenta el auge de un sinnúmero de conductas orientadas al lucimiento personal, como, asimismo, hacia la sobrevaloración de lo superfluo. A su vez, también provoca una suerte de compulsión efectista que irremediablemente conduce a cultivar la furufalla; la cual, entre sus expresiones más comunes, incita a los individuos a vestir con ropajes “de marca”: sinónimo inequívoco de bonanza desde la perspectiva de un observador simplote.

De esta manera, cada persona -gústele o no- procurará en cierto modo exteriorizar que ella también pertenece “a la cofradía que pinchó la rueda de la fortuna”; y por lo tanto necesita dar a conocer, “a los cuatro vientos”, cuán victorioso ha salido en el “campeonato” de las apariencias.

Dije, al comienzo, que fashion me impresionaba como un epíteto bastante inocuo. A estas alturas, sin embargo, no puedo menos que admitir que esa impresión inicial, se me fue progresivamente desdibujando.

Todo indica, además, que la entronización de un sistema económico libremercadista, dio “chipe libre” a un estilo de convivencia que exalta desmedidamente aquellas cosas que sólo se ven a simple vista. Por eso, cuando en una primera instancia oímos que una persona se le adscribe el apelativo fashion, prácticamente no resulta un desatino interpretar dicha nominación como un simpático cumplido. Pero también, y de modo casi paralelo, debemos tener muy presente que ese mismísimo vocablo, puede perfectamente transfigurarse en un sarcasmo atroz. Esto, principalmente, porque la palabra fashion ayuda a enmascarar una existencia distante de las cosas superiores; y oculta, de una u otra manera, toda la pobreza espiritual de quien, al sustentar su vida en la mera exterioridad, renuncia de facto a la idea de aprehender ese fuego íntimo, e infinitamente único, que cada ser humano lleva consigo. Y que es, por último, lo que le hace irrepetible, trascendente y menos imperfecto.

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2 thoughts on “Respecto del “Lenguaje de los Jóvenes”: Análisis de los vocablos “flaite”, “mamón” y “fashion”.

  1. Giacomo Guazzoni says:

    Notable análisis. Escrito con gran elegancia y profundidad psicológica. Me gustó preferentemente la desmitificacion que se hace sobre el supuesto “machismo chilensis”, en cuanto a lo que constituye un “mamon” en nuestra realidad.
    Interesante, también, el alcance psicosocial de los vocablos “flaite” y “fashion”. Sobre todo por la incumbencia política que poseen.
    Un gran aporte…

  2. cd112@hotmail.com says:

    El espíritu irónico del autor es francamente demoledor. Muy buen estilo y mucha lucidez. Sin duda no escribe para el aplauso de la galería.
    Estoy recomendando esta página por sus alcances.
    Gracias.
    Cristina Donaud

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