Entrevista

Entrevista en Radio Polar, Magallanes

“La Patagonia tiene un futuro infinitamente luminoso en términos planetarios”, afirmó el Dr. Sergio Rey a horas de alejarse de la región.


Llegó a Punta Arenas el año 2001. Graduado de Psicólogo en la Universidad de Chile, fundó las Cátedras de Psicología del Deporte y Práctica en Hipnosis en dicha universidad. Posee estudios de postgrado en España, Inglaterra y U.S.A. Ha hecho de la hipnosis un verdadero arte. Estuvo todo este último período en la UMAG. Hijo de doña Rebeca Mendoza Galdavini y don Carlos Rey Blanco-Verdi. Sus padres cultivaron una profunda amistad con la distinguida familia Grimaldi de Magallanes. Más exactamente: con don José Grimaldi Piacenza -también poeta-, cuando este último residía en la localidad de Vicuña (Región de Coquimbo). Siendo muy pequeño -cuenta- pasó algunos veranos en la casa de él. Admira sin reservas el paisaje y hábitat patagónicos. “Constituye una especie de escenografía wagneriana natural,” afirma en su estilo apasionado. Es un amante de la belleza: una especie de esteta empedernido y riguroso en extremo con el lenguaje. Estudió piano y canto, desarrollando su privilegiada voz de tenor merced a las enseñanzas del célebre maestro Florencio Zanelli. Pondera sin límites el arte de Enrico Caruso y las prodigiosas condiciones canoras de Mario Lanza. Ha grabado vario
s CD y escrito 9 libros. Practica la cultura física y la radioafición desde niño. Pronto residirá entre la Región de Valparaíso y USA. Pero siempre me programaré para visitar a mis querencias magallánicas”, porque esta tierra simplemente me cautivó”-: puntualiza.

En lo íntimo: ¿Qué le deja fundamentalmente su estancia de casi 13 años en la Patagonia chilena?

Una muy importante en el ámbito personal. Aprendí a tener paciencia. Pues carecía de ella. Dicha virtud -creo- tiene un alcance supremo como valor humano. Admito, por consiguiente, que tiendo a ser especialmente “enojón”. Muchas veces me sobrepasa la sangre mediterránea que heredé de mis antepasados. Sin embargo, jamás he sido adicto al resentimiento y menos a la venganza: un rasgo idiosincrásico muy acendrado en nuestra “copia feliz del Edén”.

 

¿Sería lo único que se lleva como desarrollo personal desde esta Región?

Por supuesto que no. Aquí hay gente muy notable, a la cual siempre escuché con gran unción. Esto me permitió progresar intelectual y profesionalmente. Por eso, más allá de los lugares comunes a que suele echarse mano en estos casos, quiero manifestar que mi gratitud hacia dichas personas nunca se extinguirá. Por tanto, considero de entera justicia hacer público mi agradecimiento a Miguel Cárdenas Salazar, Carlos Vega Delgado, Don Mateo Martinic Beros -que además prologó uno de mis libros-, Sergio Lausic, René Venegas y varios otros. De igual modo, deseo dejar expresa constancia de mi afecto por los estudiantes de la UMAG. A ellos los tendré presente in aeternum, pues me prodigaron la máxima gratificación que un académico puede recibir del alumnado: su sincero reconocimiento.

 

¿Y qué nos dice específicamente de su principal lugar de trabajo: la UMAG?

Pienso que las universidades chilenas, en general, padecen unas circunstancias especialmente críticas. Pero, además, estimo que el concepto mismo de universidad exige hoy una revisión muy seria. Hay que pensar de nuevo lo que estas entidades debieran representar para un Estado-Nación. Actualmente se vive un intríngulis que no es sólo de financiamiento; -y no me estoy refiriendo específicamente a la UMAG-, sino que a todas las Casas de Estudios Superiores de la República. Y es más: siento que, desde muy arriba, emana un “dirigismo” inicuo -una especie de imposición totalitaria encubierta-, que coarta la búsqueda del conocimiento por sí mismo: que es algo esencialmente universitario. Por lo pronto, los dineros que se asignan a estas corporaciones para tales fines, responden estrictamente al nivel de “iluminación” de quienes los proveen. Con ello se mutila de raíz el sentido más genuino de la creatividad científica; y lo que resulta aún peor, es que hay algunos que no sólo se “adaptan” a tan nefasto imperativo, sino que hasta lo interpretan casi como una suerte de “verdad sacrosanta”.

 

¿Qué opina del problema de la Educación y las reformas prometidas?

Lo dije hace mucho tiempo y en forma pública. Si enfrentamos la cuestión educacional sobre la base de premisas ideológicas, estoy seguro que será muy complejo avanzar. Y es que las posturas ideologizadas nos ponen inevitablemente de cara ante dos temores de suyo paralizantes: “Las tinieblas del pasado y los riesgos del futuro”. Porque los enfoques influidos por la ideología -aparte de escamotear groseramente la realidad-, son simétricos, sin matices, y por ende excluyentes. Insisto en que Chile no puede permanecer detenido a consecuencia de esos dos temores: Uno que surge de la constante invocación de la noche oscura del ayer y el miedo a revivirla; y el otro, cual es afrontar el insoslayable riesgo que implica asumir las incertidumbres propias del mañana. Las universidades estatales requieren de una atención preferente por parte del Estado, pero también resulta indispensable que gestionen razonablemente los recursos que se le inyecten. Del mismo modo, cualquier estudiante meritorio proveniente de los sectores sociales menos favorecidos, debe tener asegurado un cupo gratuito en la educación superior. Pero, claro está, la universidad no puede ni debe ser para todos. Sé que mi afirmación resultará impopular -o políticamente incorrecta, como suele ahora decirse-, pero no me importa. Hoy, por desgracia, la demagogia y el populismo abundan… A mí, en definitiva, no me asusta concebir una postura abiertamente minoritaria… Porque lo cierto es que desconfío de la llamada “verdad de las mayorías”. ¡No se olvide usted que éstas no sólo apoyaron la crucifixión de Cristo, sino que también no tuvieron empacho alguno en “ungir” a Hitler… Asimismo, tampoco puedo ocultar una inquietud que se me impone a raíz de lo que observo a diario: que el debate en materia de educación, se limite a resolver un mero problema financiero, cuando lo esencial es, sin duda alguna, la calidad de ésta.

 

En uno de sus libros -“Desde una ribera del estrecho”- usted escribió un capítulo que intituló “El rumor calumnioso”. Quien lo lea siente que ahí existe un dejo autobiográfico. ¿Es así?

Efectivamente. Así es. Conozco en carne propia lo que significa ser “vilipendiado” mediante la más aviesa de las felonías: el rumor calumnioso. Es una experiencia horrible, porque el rumor siempre es anónimo. No tiene nunca una cara visible. “Se dice que… o me contaron que”, es la manera como comienza a gestarse aquel tipo de morbo. Y la víctima -de quien no se desea otra cosa que conseguir su desprestigio-, queda impedida de defenderse recurriendo a los tribunales de justicia, porque no se visualiza a nadie como claramente responsable del infundio. Quienes promueven los rumores, las intrigas y las calumnias, son personas dignas de lástima: seres envidiosos e inclinados a la reptación, ofidios putrescentes que provocan mucho daño y que “pululan” en todas partes. Cuando alguien se ve afectado por este tipo de infamia, debe simplemente reforzar su fe en sí mismo. Y es mejor que opte por marginarse de los páramos de la maledicencia, para beber sólo el agua pura, cristalina, que brota de las entrañas de la tierra en el oasis de la trascendencia o, dicho en otro tono, resulta deseable que suba hacia lo alto, para, desde ahí, examinar las miserias que imperan en lo bajo. Permítame que recurra a un latinismo muy sabio: Veritas visu et mora, falsa festinatione et incertis valescunt” (“La verdad se impone con la luz y con el tiempo, las falsedades con el apresuramiento y la incertidumbre”).

 

¿Y cómo ve el futuro de Magallanes?

Por razones de naturaleza geopolítica, los polos extremos de Chile poseen una importancia cardinal. Y en el caso de la Patagonia -debido a su particular aislamiento-, su relevancia me parece todavía más poderosa. Pienso, a su vez, que uno de los hechos de mayor trascendencia en la última década, ha sido el despertar contestatario de casi todas las regiones del país, las cuales ya no están dispuestas a permanecer pasivas frente al ignominioso maltrato que reciben de parte del gobierno central. Ello, claro está, hace que algunos -desconociendo de buena fe nuestra propia historia-, se imaginen a Chile adscrito a una organización política federal (es imprescindible estudiar a José Miguel Infante y las leyes federales de 1826, para adentrarnos adecuadamente en este tema). Pero es fácil colegir por qué aquí se suscita tal idea con tanta vehemencia, pues el centralismo nos agobia y empequeñece a cada rato. De ahí que el surgimiento de una voluntad mayoritaria que aspira a obtener una prudencial autonomía, sea tan razonable como legítima para potenciar el progreso de la Región. En definitiva, Magallanes tiene un futuro infinitamente luminoso en términos planetarios. Y no sólo porque en esta latitud están dadas todas las condiciones para un despliegue turístico de fuste, sino que también en lo que respecta al ámbito científico, antártico y de recursos naturales. Por desgracia, los políticos -a quienes pareciera sólo preocuparles la próxima contienda electoral-, tienden a hacer “la vista gorda” ante aquellos asuntos que no les reditúe el voto posterior de la ciudadanía. ¿Qué congresista, por ejemplo está hoy preocupado por las delimitaciones pendientes en Campos de Hielo Sur? Más temprano que tarde -¡qué duda cabe!- habrá otra vez problemas en esa zona. Los Magallánicos, en consecuencia, deben estar muy conscientes de que habitan la Región más extensa e inexplorada del país. Y nuestras universidades, obviando sus consabidas penurias económicas, tienen que ser capaces de empinarse por sobre lo inmediato y concebir una genuina proyección estratégica. Ya que en ellas, a mi juicio, se confunde habitualmente lo estratégico con una mera intencionalidad táctica. Pero, amén de lo anteriormente dicho, veo también a la Patagonia como un territorio con infinitas posibilidades de convertirse en un referente mundial paleontológico. Esto, en virtud que ya está casi demostrado el carácter sub-tropical que tuvo esta zona hace unos 50 millones de años atrás. Estimo, por tanto, que en este tópico estamos sumamente rezagados, sobre todo si tomamos conciencia de lo ya hecho en esta área por nuestro vecino más cercano.

 

¿Y qué puede decirnos acerca de lo que para usted significa partir de esta tierra que lo cobijó un tiempo importante de su vida?

Ya lo dijo bellamente el poeta: Partir c’est mourir a peu. C’est mourir á ce qu’ on aime (Partir es morir un poco, es morir a lo que se ama…). Son palabras que dan cuenta de la esclarecida lucidez del bardo, las cuales suscribo casi en su integridad. Ciertamente amo la Patagonia. Pues no sólo dejo acá lindas amistades y afectos, sino que también remembranzas que me acompañarán hasta el último día de mi existencia. Pero, “el morir un poco a que se refiere el poeta”, simboliza también la ledanía inexorable que la vida nos pone a cada uno de nosotros, sin excepción. Y que tenemos que aceptar, toda vez que cuando tomamos la decisión de partir, de una u otra manera, siempre “morimos un poco”. Pero lo hacemos para renacer sucesivamente. Extrañaré -entre tanto recuerdo imperecedero-, los paradisíacos amaneceres que viví en el Estrecho de Magallanes. Que son un espectáculo sublime: una auténtica obra sinfónica de indescriptible armonía cromática, que no existe en ningún lugar de la tierra. Y algo digno de tener en cuenta, es que, además, por observar aquella incomparable puesta en escena, “aún no se paga un peso”. Por todo esto… y mucho más… siempre retornaré a mi querida Patagonia.

 

Fuente: http://www.radiopolar.com/noticia_87853.html

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