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Una noticia infausta: La partida de Nicolás Vega Ánjel, un idealista sin parangón

Ha partido de este azaroso mundo un hombre definitivamente excepcional: Nicolás Vega Anjel (Q.E.P.D.). Desde luego que cuando me refiero a su persona, me resulta de hecho inhacedero abstraerme de mi condición de amigo de toda una vida. Consecuentemente, viene de inmediato a mi memoria la oportunidad en que lo conocí. Fue el 29 de septiembre de 1965, en el pabellón “K” del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, cuando yo -al inicio de mis estudios de psicología-, actué en un concierto de “bel canto” ante una entusiástica audiencia dónde él destacaba por su activo concurso. Desde esa misma fecha, nació entre nosotros un vínculo granítico, perenne; y por tanto resistente a cualquier embate coyuntural. Vivíamos conjuntamente los tiempos del aula universitaria, en el hermoso recinto ubicado en la comuna de Macul, Santiago: época de sueños, utopías y romanticismos. Nicolás Vega Ánjel, habiendo obtenido años antes el título de docente normalista, acababa de licenciarse de profesor de estado en filosofía.

Admirador sin límites de la cultura germana, viajó enseguida a Göttingen, Alemania, para perfeccionarse en la vetusta universidad existente en dicho lugar. Ahí se adentró, quizás como nadie, tanto en el pensamiento filosófico hegeliano, cuanto en los intrincados laberintos de la lingüística greco-romana. En la praxis política, fue invariablemente un hombre de izquierda íntegro: un militante socialista honesto, antidogmático, de convicciones impolutas y tolerante frente a quienes discrepaban de sus opiniones. Ni siquiera el cruento destierro de que fue víctima, le impidió estar ligado -con una afección casi religiosa-, al terruño que le vio nacer, Riachuelo, un pueblito inserto en los contrafuertes cordilleranos de la Décima Región de Chile. Era, asimismo, un amante in excelsis de toda forma de belleza. En pocas palabras, encarnaba fielmente el arquetipo propio de un esteta empedernido.

Al regresar de Alemania, retomó la enseñanza de la filosofía en la Universidad de Chile, Sede Osorno, hoy Universidad de Los Lagos. En dicho lugar -hacia 1971-, el destino hizo que convergiéramos otra vez. Al poco tiempo, fue elegido Vicerrector en aquella Casa de Estudios Superiores: jerarquía a la que accedió mediante una categórica votación por parte de los estamentos académicos y la comunidad universitaria in toto.

El 12 de septiembre de 1973 lo destituyeron ignominiosamente de dicho cargo. Sometido “a proceso” -una pantomima malsana e impregnada de aviesos influjos-, le aplicaron una condena que ya estaba escrita antes de que comenzara el juicio. Estuvo detenido casi tres años. Padeció malos tratos y un sinnúmero de vejámenes durante su reclusión. Finalmente, de manera áfona, emprendió el rumbo al exilio, radicándose como desterrado en su querida Alemania.

Lejos de Chile concibió nuevos proyectos. La Universidad de Bremen le abrió sus puertas. En aquella honrosa institución teutona, sirvió la Cátedra de Literatura e Historia Social de América Latina. Más tarde -y en virtud de sus méritos académicos, éticos e intelectuales-, le fue concedida la nacionalidad alemana. Ya arraigado en su nueva patria, vivenció una de sus alegrías más significativas: el nacimiento de su bella hija Beatriz; a la cual, sin duda, consideraba lo más importante de su vida: un inapreciable regalo para su fuero interno.

Hace poco, el año 2008, vino a Chile con el ánimo de quedarse. Jamás puso como leit motiv de su existencia el logro de prebendas materiales. ¡Las que, por sus cabales, merecía de sobra…! De verdad detestaba, sin cavilaciones, cualquier conducta que le sugiriese tal actitud. Fue sobremanera generoso con todo el mundo. Quienes, al arribo a su patria estaban en el gobierno, no sólo tendrían que haberle acogido con presteza, sino que también debieron reivindicarle el status académico que, otrora, le fue usurpado en la Universidad de Chile. Era lo mínimo que a él le correspondía. Lamentablemente, en su caso, no hubo voluntad ni espíritu de justicia algunos.

En lo personal fue para mi, más que un amigo con mayúsculas, un genuino hermano. Por fortuna se lo expresé muchas veces. En este mismo instante, me angustia el contrasentido que enfrento al saber que escribo a propósito de su muerte. Ciertamente, no puedo aceptar ni convencerme que me encuentro enfrente a un penoso factum. Sin embargo, aquella suerte de negación me ayuda a no dar rienda suelta al llanto; y así, quizás, evadir una pérdida que me suscita rebeldía. ¡Cuántas veces conversamos y discutimos sobre la trascendencia del espíritu…! ¡Cuántas veces le oí decir que la “razón pura” constituía la forma más feliz de concebir al Creador…! Hoy, querido Nicolás, te encuentras muy lejos, pero también muy cerca. Para ti las dudas ya concluyeron. De seguro que ahora estarás conversando animadamente con Sócrates y Hegel. Intuyo, asimismo, tu venturoso encuentro con Goethe, Beethoven, Schiller, Wagner, Verdi, Kant y también nuestro querido Borges.: dramaturgos, músicos, poetas y filósofos. ¡Tú ya tienes ese privilegio…!

Amigo entrañable:

Sé muy bien que no puedo aquí permitirme el desahogo catártico de las lágrimas. Y es que tengo conciencia de que cualquier modo de quebranto afectivo, sólo daría cuenta de mi ínsita debilidad y egoísmo. ¡Tú!, ya accediste a la omnisciencia in integrum. Tienes ante tus ojos la contemplación del absoluto y la verdad última. Eso que para nosotros, acá -en este mundo pletórico de inequidades e incertidumbres-, se nos aparece como una estrella inalcanzable. Es, en este mundo, donde ¡tú!, ahora, simplemente ya no estás. ¡Cuántos asuntos compartí contigo y cuán valioso fue vuestro apoyo en momentos tan difíciles de mi vida…! Lo que te debo, en todo orden de cosas, posee una dimensión infinita. Siempre tuviste la valentía y virilidad suficientes para no titubear, cuando, otros -con una voracidad y pequeñez impresentables-, se encaminaron por la ruta del acomodo venial y oportunista. Prologaste tres de mis ocho libros. Viajaste especialmente desde Alemania hasta la Patagonia chilena para presentar uno de ellos. Tu palabra generosa vertida en dichos textos, no sólo denota nuestro permanente diálogo, sino que, asimismo, la comunión ontológica que siempre nos aproximó.

Aquí, en el rubro Comentarios de Visitante de mi Web, quedará registrado tu lúcido ensayo escrito el 7 de julio de 2006, el cual intitulaste: “Democracias Populares y Capitalismos Populares: ¿más democracia o más burocracia?” Un notable análisis.
¡Gracias hermano por el último llamado que me hiciste desde la clínica…! Jamás me imaginé que lo hacías para despedirte…! Lo que esa vez hablamos tú te lo llevas y yo me lo guardo. Tal conversación ha quedado inconclusa. Pero ya retomaremos el diálogo. Puesto que, más temprano que tarde, nuestro intercambio de ideas renacerá indefectiblemente. De ahí que hoy sienta, tal vez como nunca, que en este tránsito efímero que constituye la vida, uno sólo propone, porque, en definitiva, es únicamente Dios quien dispone.
Adiós… amigo… Hasta pronto…

Sergio Rey M.
E-mail: sergiorey@sergiorey.cl
www.sergiorey.cl

Punta Arenas, Patagonia de Chile, junio de 2009.

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